Les contaré esta bitácora con casi un año de distancia y me cuesta creer que ha pasado tanto tiempo. Pero a pesar de eso, cada vez que hago el esfuerzo de concentrarme en mi presencia en la Patagonia, las sensaciones me inundan como si aún estuviera allá. Siento el calor del sol en mi espalda mientras la laguna Esmeralda me acaricia los pies. El polvo en suspensión que se levanta con el pasar de los autos tiñe de una neblina dorada los helechos y la luz se espesa lentamente.

Estamos unos kilómetros al sur de Cochrane esperando la llegada de Nico y Pame, dos amigos que decidieron recorrer la carretera Austral en bicicleta durante sus vacaciones. Mientras esperamos, las rutinas tienen tiempo para adueñarse de nuestros días.

Estamos lejos del pueblo y cada tanto, el silencio se interrumpe con la vibración de los neumáticos de los autos anónimos que van o vuelven de Tortel. Un día, dos de ellos se detuvieron en nuestro patio. El primero: una familia emocionada por reconocer a Amunche de las fotos del Instagram que su hija venía siguiendo hace meses. Nos saludaron como un torbellino, fotos, abrazos, risas y mini-relatos. Todo pasó tan rápido que sólo tuvimos tiempo de procesar el momento cuando vimos el auto desaparecer detrás de la nube de su propio polvo.

El segundo auto que se detuvo a nuestro lado nos demostró lo pequeño que es el mundo. Una de las mejores amigas de mi prima estaba pasando su luna de miel con su esposo y no se me puede haber ocurrido un mejor lugar para pasar una luna de miel.

Los amigos llegaron pedaleando, los recibimos con abrazos, lluvia, cervezas y un asado. No nos veíamos hace 6 meses y muchas cosas habían pasado en nuestra ausencia. Buenas y malas noticias que no habíamos podido compartir y que el viaje nos estaba dando la oportunidad de saldar.

Tuvimos la suerte de coincidir con la feria costumbrista de Cochrane, un evento al aire libre en el que se congregan todos los poblados de la zona para compartir sus artesanías, costumbres, comidas y bailes. El olor ahumado de la carne de cordero cocinándose pacientemente es el recuerdo más nítido de ese día.

A orillas de la laguna, leímos, meditamos, lavamos ropa, reorganizamos la kombi, recibimos visitas fugaces, conocimos a otros viajeros, compartimos risas, chocolates (un lujo) y asados, y hoy, un año más tarde, siento que ese pedacito de tierra a orillas de la laguna fue nuestro hogar y gracias a él, si alguien me preguntara si es que alguna vez he vivido en la Patagonia, diría que sí.

Luego de un par de días juntos, nos despedimos de nuestros amigos y de nuestro patio Esmeralda para continuar el viaje al sur. En vehículo, la única forma de hacerlo es atravesando el Parque Patagonia (ex Hacienda Chacabuco) para llegar a la frontera por el paso Roballos a 90 kms de Cochrane, recorrer más de 900 kms por la pampa Argentina y entrar nuevamente a territorio chileno por el Paso Don Guillermo, en Cerro Castillo a 64 kms de Puerto Natales.

En nuestra estadía en Cochrane conocimos a la Naty, mochilera y montañista con destino al Chaltén y el tercer tripulante de Amunche durante este trayecto.

Lo primero que recuerdo fue la luz dorada sobre los campos de estepa, mientras familias de guanacos pasaban la tarde. El valle estrecho, como un corredor hacia la frontera, humedales y lagos a cada lado del camino, distintas especies de aves que podíamos fotografiar y el viento. La primera vez que sentíamos el viento de la Patagonia. Los granos de tierra me golpean como agujas en la piel, el pelo me ataca como si quisiera arrancarse, huir con él.

Nos despedimos de Chile por unos días y entramos agradecidos a suelo argentino. Se siente como un hito, una meta, un logro. Estábamos rompiendo tantos miedos, tantas excusas. Amunche avanza lentamente por la ruta 41, camino de tierra y calamina con pinta de abandonado, mientras el sol se esconde, por primera en este viaje, detrás de los Andes.

Mientras avanzamos vemos como el viento sacude los arbustos, como arremolina el polvo, como zumba entre las paneles solares de nuestra kombi, pero no lo sentimos en realidad hasta que por seguridad y falta de luz, decidimos detenernos para pasar la noche. Nos estacionamos detrás de unos arbustos de baja altura con la esperanza de que nos protegieran del viento, pero Amunche, con el motor apagado, se sentía como si estuviera avanzando en un terreno disparejo, con saltos y resaltos que hacían que todo en el interior se moviera de un lado a otro de manera increíble.

La Naty armó su carpa de montaña a un costado de Amunche, la tierra entraba con fuerza y luego de unos minutos era obvio que en esa carpa no se podía estar. La Naty es pequeña así que su cuerpo cabía en el suelo debajo de nuestra cama y fue la única que pudo dormir esa noche.

La mañana se demoró en llegar. El viento seguía dominándolo todo y ahora con luz, lo mejor era avanzar. La ruta 41 no nos daba tregua, la calamina nos mantenía en silencio porque tratar de conversar era una pérdida de tiempo. Nos entreteníamos con el paisaje, los tonos de café y amarillo, el cielo enorme y celeste sobre una cuerda nítida de horizonte.

De un momento a otro Jupa frenó en seco. Un ave. Dos aves. Tres ñandús nos miran en estado de alerta. No saben muy bien hacia donde arrancar. Los observamos y reconozco que ese momento es la recompensa, el premio a la calamina, el premio a las ojeras. Los ñandús se nos alejan como indicándonos el camino, frente a nosotros, un hilo gris cruza la pampa arenosa.

Llegamos a la ruta 40.

La Ruta de este Relato:

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