La Ruta 40: La pampa antes de El Calafate

Nos habían advertido que la ruta 40 era una de las más complicadas entre las rutas que nos esperaban en Patagonia. Nos habían dicho que nos preparáramos para caminos de tierra, badenes, calamina y polvo, pero no nos habían advertido sobre una de las características que hacen más complicada la ruta, sentir que no vas a ninguna parte. La ruta 40 se las arregla para avanzar en medio de la nada. La pampa gigante nos ofrece una gama de colores amarillos y celestes, un horizonte amplio y de vez en cuando un hito, un regalo para la vista que nos impulsa a seguir.

Nadie nos advirtió que lo más complicado sería luchar con las ansias de llegar. Quizás poca gente la ha tenido que recorrer a 50 km/h o quizás nuestros ojos, saturados del contraste del otro lado de la cordillera con sus bosques, lagos, ríos, chucaos, huemules y hielos milenarios sufrieron como una especie de desbarajuste.

Debo asumir que las primeras horas fueron aplastantes. El viento en contra, la pampa cada kilómetro más solitaria y seca, se transformó en mi mente en ese obstáculo que había que pasar para llegar a lo bueno.

El tiempo fue el que me obligó a sacarme el prejuicio y empezar a disfrutar la diferencia que nos rodeaba. Porque en ese desierto de repente comenzó a aparecer vida. Pequeños esbozos de que no estábamos solos. Sobre nosotros, un cóndor solitario sopesaba el paisaje en busca de comida. Familias de guanacos corrían, escapando de nosotros. Los ñandús ya no nos tenían miedo y cada cierto tanto, un pequeño sendero de hierba verde marcaba una napa subterránea de agua que alimentaba la vida en secreto.

Luego de varias horas de avanzar por la pampa nos desviamos hacia el pueblo de Gobernador Gregores. Llegamos a la hora de almuerzo y siesta y recorrimos sus calles semi vacías e imaginamos como se verían los negocios abiertos. Nos instalamos a orillas del río Chico frente a un parquecito en el que vimos a una madre paseando con su hijo y a un hombre jugando con su perro.  Preparamos el almuerzo, lavamos la loza, cargamos bencina (nafta en argentino) y seguimos hacia el sur. El objetivo de hoy es hacer la mayor cantidad de kilómetros posibles, y eso para nosotros se traduce en máximo, 400 kilómetros diarios.

El camino se puso rudo. La calamina, el polvo, los hoyos en la ruta sin advertencia hacen que Amunche rechine, se canse, se maltrate. Cada vez que una rueda golpea un hoyo o una piedra, me duele. Nuestra casa está siendo maltratada, nosotros la estamos maltratando. Pero no me olvido de la fuerza y empuje que ha tenido esta kombi del 89 y confío en que será capaz de atravesar este y tantos otros caminos que nos esperan en el futuro.

Y justo cuando mi cabeza estaba comenzando a alegar nuevamente, y los comentarios de tedio empezaron a inundarme, nos cruzamos con un ciclista. El único ciclista que habíamos visto por esta ruta. Ahí todo se puso en perspectiva. Cómo era posible que estuviera alegando por el camino, siendo que estoy protegida de todo en la comodidad de la kombi?

El polvo arcilloso en el rostro, el sudor agrietando la piel, un corte en la cara, el viento en contra y la bicicleta acarreando barro y sus piernas seguían pedaleando. Me dieron ganas de decirle “hey! Estás equivocado! El camino para las bicis es por otro lado!” (y es cierto, ya que la mayoría de los cicloturistas que recorren la carretera austral se van por el lado chileno y cruzan hacia el Chaltén, en Argentina, sin tener que someterse a la rudeza de la pampa), pero después pensé, que quizás someterse a este camino era su objetivo y que estaba llevando a cabo una de las tareas más rudas a las que se puede someter el cuerpo.

Esa noche llegamos a Tres Lagos. Encontramos un camping para la Naty y nos estacionamos afuera, al lado de unos baños públicos que estarían abiertos toda la noche. Entramos a un pequeño restaurant a comer y nos quedamos ahí en silencio viendo la tele, ese aparato extraño que no habíamos visto en meses.

Al día siguiente llegamos al cruce con el Chaltén, un pueblo turístico, portal de entrada al monte Fitz Roy. Sacando cuentas, no alcanzamos a ir. Tenemos 3 días para llegar a Punta Arenas, donde nos juntaremos con la familia de Juan Pablo. Este sector de la ruta 40 entre El Chaltén y el Calafate, es el más transitado. No tuvimos que esperar ni 5 minutos para que un auto se detuviera y se llevara a la Naty hacia su próxima aventura.

Nosotros continuamos hacia el Lago Argentino, el que nos da la bienvenida a El Calafate.

El paisaje se urbaniza, una ciudad aparece en medio de esa pampa desierta. Edificios, casino, restaurantes, pubs y vida urbana. No veíamos una ciudad así desde que dejamos Puerto Montt 3 meses atrás. Un nuevo desbarajuste. No estamos vestidos para esto, estamos llenos de tierra, no nos hemos duchado en 8 días (si, ocho) y ambos acordamos que era necesario alojar en un hostal. Para muchos viajeros, un hostal es lo básico, el punto de partida. Para nosotros se ha transformado en un lujo. La única vez en este viaje que habíamos pagado por uno fue luego de cruzar el altiplano, casi 9 meses (de viaje) atrás.

Y esa es una de las cosas que más he disfrutado de nuestra vida en la ruta. La perspectiva de las cosas. Una ducha. El acto diario, rutinario, de abrir la llave y recibir en el cuerpo instantáneamente agua caliente se transforma en un regalo, una bendición sobre el cuerpo empolvado. La ducha del hostal era amplia como una pequeña pieza en la que cabían fácilmente 8 personas sin tocarse. Teníamos espacio para bailar, para tirarnos al suelo, para estirar los brazos y las piernas bajo el agua caliente. En ese momento, ningún hotel de 5 estrellas habría sido capaz de superar mi nivel de felicidad.

En El Calafate fuimos como cualquier turista. Recorrimos sus calles, nos tentábamos con sus helados y cafeterías, almorzamos en restaurantes, comimos sushi!, y nos desbandamos, como lo haría cualquier turista en un fin de semana de sus vacaciones.

Pero El Calafate no es solo comida, helados y cerveza. Es la antesala a uno de los Parques Nacionales más importantes de Argentina. El día que decidimos ir a conocer el Parque de los Glaciares, se estaba incendiando. Frustrados y rogando porque pudieran controlar el fuego (sin saber la envergadura del mismo) nos quedamos ahí, porfiadamente, esperando en la entrada, rogando que milagrosamente el fuego se apagara y nos dejaran entrar.

Así fue.

El Parque Los Glaciares fue declarado Patrimonio Mundial en 1981 por la Unesco y alberga muchos glaciares que forman el Campo de Hielo Patagónico (parte de los Campos de Hielo Sur en Chile) y es la reserva de agua más grande del mundo después de la Antártica.

El glaciar más conocido es el Perito Moreno. La pared del Perito Moreno tiene más de 60 metros de altura y recorre 5 kilómetros de largo sobre el lago que sus propios deshielos  forman.

El lugar es hermoso y sobrecogedor. Los colores celestes y calipsos del hielo parecen de otro mundo. El parque cuenta con kilómetros de pasarelas que se repletan de turistas de todo el mundo, por lo que hay que tener paciencia para encontrar una buena vista al inicio. Lo mejor es caminar hasta el final, dejando a la aglomeración atrás.

Silencio. Nos sentamos en silencio frente a la muralla. Cada cierto tiempo el Perito Moreno nos muestra su fragilidad. Pedazos de hielo se desprenden de la muralla salpicando las aguas del lago.

Es imposible no agradecer de estar ahí. Es un espectáculo hermoso que nos roba el aliento. En Chile, tenemos muchos glaciares, pero creo que no hay ninguno tan democrático como el Perito Moreno. Acá, familias completas, con niños y ancianos pueden recorrer por el día el parque, mientras que en Chile, es necesario tomar embarcaciones (de valores excesivos y poca conectividad) para llegar a estas vistas.

De vuelta en El Calafate pasamos la tarde fotografiando aves a orillas del lago Argentino y nos encontramos con una pareja de viajeros alemanes con los que decidimos compartir el viaje que nos espera, rumbo a Puerto Natales.

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