Aysén: La confluencia de los ríos

El día está soleado, caluroso. Preparamos la kombi para nuevos kilómetros, cargamos comida y bencina en Puerto Río Tranquilo y nos despedimos de lo conocido, de las calles de este pueblo, de los glaciares de estas montañas, de las aguas de estos ríos y continuamos el viaje por la senda de ripio y tierra que nos lleva aún más al sur.

El polvo que los autos levantan al pasar nos tapa el paisaje, así que optamos por reducir aún más la marcha y darle tiempo de desaparecer a ese telón grisáceo que se empeña en ocultarnos lo que nos rodea.

A nuestra izquierda, un manto enorme de agua nos entretiene con sus colores. Azul oscuro en las partes profundas, celeste turquesa en las bajas. Hace calor y con la mirada encontramos una bajada al lago donde pasar unas horas. El agua helada contrae los músculos y enrojece la piel, la arena blanda masajea los pies. Pequeñas olas acarician la orilla y silencio. La inmensidad del General Carrera y el silencio.

Unos trabajadores que al parecer, sacan arena del lago, nos piden que salgamos del lugar, que estacionemos afuera porque tienen que cerrar las rejas. Es triste que la mayoría de estos lugares pertenezcan a alguien según nuestras reglas. Ese lago no le pertenece a nadie, pienso. Aprovechamos el impulso y volvemos a la ruta. Bordeamos el lago y las montañas nevadas se van presentando una al lado de la otra. Ahí detrás de ellas, el campo de hielo sur vive su propio ritmo lento.

Un puente naranjo marca el fin del General Carrera y el inicio del Lago Beltrand. Escondido entre montes arbolados no podemos dimensionar su tamaño. Más allá, avanzando entre bosques y estepas alternadas, llegamos a Puerto Bertrand, un pequeño poblado a orillas del lago en donde hacemos nuestro patio.

El lugar está lleno, plagado de golondrinas chilenas. Frente y sobre nosotros tenemos un espectáculo de vuelo, de roces en el agua, de capturas de mosquitos a una velocidad y precisión increíbles. Jupa está tratando de obtener un diplomado en fotografía de vuelo de golondrinas y yo creo que lo logra.

En eso, aparece Lalo. Lo conocimos en Puerto Rio Tranquilo, en la casa de Ricardo. El Lalo lleva un par de meses recorriendo la carretera Austral en bicicleta desde Puerto Montt. Dejamos la casa del Ricardo un día después que él y nos encontramos aquí mismo. No nos sorprende encontrarnos más de una vez con los que están recorriendo la misma ruta, en verdad es fácil coincidir en los puntos del mapa en los que abastecerse. Lo que sí nos sorprende es la capacidad de pedaleo de Lalo y la lentitud de nosotros. Conversamos un rato pero no el tiempo no da para mucho más. El Lalo quiere llegar a Cochrane al día siguiente y para eso debe descansar. Nosotros también queremos llegar a Cochrane mañana, quizás con menos esfuerzo de nuestra parte, nos encontraremos de nuevo.

Atardece. Los colores despiertos de la luz de la tarde se transforman en tonos pasteles azulados y el calor da paso al frío de la noche. Dentro de Amunche iniciamos uno de los momentos favoritos del día. Entrar al refugio, preparar un té para mí, un café con leche para él. Mirar por la ventana esos paisajes que no son nuestros, pero que hoy no son de nadie más. Saber que ahí afuera los elementos pueden vulnerarte, pero que aquí dentro estamos a salvo. Tenemos el mejor calor de un hogar, resumido en un espacio en el que solo cabemos los dos. El té es más sabroso, el pan más crujiente, todos los días a la hora de once.

La mañana siguiente comienza con la búsqueda de un baño y lo conseguimos en un centro de rafting y kayak a unos metros de distancia.

Ordenamos la kombi, botamos la basura, aprovechamos el agua del lago para limpiarnos y continuamos el viaje. El camino bordea el Río Cochrane, el mismo que comienza en el lago Beltrand. Lo bordeamos tratando de distinguir su forma entre los árboles, que distribuidos aleatoriamente, nos separan de él. El agua fría de glaciar es de un color turquesa que podría pasar días observando sin necesidad de mirar hacia ninguna otra parte.

Mientras la kombi avanza, los bosques, los colores verdes y la sombra se van transformando en colores tierra, en arbustos, en sol. Nos detenemos en un estacionamiento abierto a orillas de la carretera austral y caminamos el kilómetro que nos lleva al lugar donde confluyen dos grandes ríos, el Cochrane y el Neff. El agua grisácea del Neff se mezcla con el turquesa claro del Cochrane y de la mezcla de colores, un solo río celeste lechoso continúa su curso. La fuerza del agua y sus sonidos nos piden que nos detengamos nuevamente a contemplar. Un espectáculo tan simple es capaz de mantenernos enganchados, abrazados y en silencio. Son aproximadamente las 11 de la mañana. Pienso en donde estaría hoy si siguiera en Santiago. Probablemente estaría frente a un computador, ingresando números a una plantilla de Excel, o quizás estaría en el metro volviendo de una reunión, o quizás procrastinando en Facebook, esperando la hora de almuerzo para tener la oportunidad de desconectarme sin remordimiento. Me imagino la vida paralela y le agradezco a los ríos por dejarme estar ahí con ellos. Por haberme hecho la invitación tanto tiempo atrás y me agradezco a mí misma por haberla aceptado, por haber dicho que sí.

Posiciono mis pies al borde de la roca y me inclino. Con las manos hago un pocillo que lleno de agua y me acerco a beberla con la solemnidad de alguien que sabe que eso es mucho más. Esa masa cristalina es una ofrenda. Es una oportunidad para agradecer una vez más que estoy viva.

Hemos traspasado de un ecosistema a otro. Mientras Amunche sube zigzagueando el camino seco y polvoriento craquelado por la ausencia de agua, allá abajo, el río avanza imperceptible dejando un rastro verde y arbolado de vida.

Delante de nosotros un ciclista pedalea, subiendo lenta y constantemente el mismo camino que nosotros. “Es el Lalo, el Lalo” grito emocionada. Nos acercamos, le damos gritos de aliento y nos orillamos para darle un poco de agua y conversar sobre lo que se viene. El Lalo ha vivido un viaje completamente diferente al nuestro, un viaje de esfuerzo, voluntad y paciencia que admiro. Sin intenciones de arruinar su ritmo, decidimos continuar a Cochrane, la última ciudad de Aysén.

Aparece el pavimento y recorremos el centro, identificando los lugares que nos serán útiles para abastecernos de comida y otras prioridades. Damos una vuelta a la plaza y nos estacionamos. Preparamos el almuerzo con las puertas abiertas y divisamos otros vehículos viajeros que han elegido la plaza como su punto de descanso. Tenemos wifi gratis, un baño público en un cibercafé, un supermercado y hasta un restaurant. Reposamos el almuerzo acostados en el pasto, bajo la generosa sombra de los árboles.

Desde mi punto de vista veo a los turistas cargando sus mochilas. Todos tienen algo en común. Las espaldas cansadas cargando mochilas enormes, los zapatos de trekking sucios con barro, las piernas rasmilladas por las ramas del sendero, los ojos cansados, la sonrisa constante. Porque viajar no siempre es fácil ni cómodo, pero será la mayoría de las veces, gratificante.

El viaje se ha transformado en nuestra constante, en una rutina sin orden, en un aprendizaje diario, humilde e interno.

Hoy aprendí por ejemplo, que la vida no tiene por qué ser una lucha contra las rutinas, ni un renegar continuo de nuestras decisiones. La vida es una oportunidad para experimentar los milagros diarios, esos donde confluyen los ríos, esos donde el tiempo pasa bajo la sombra amable de algún árbol, en alguna plaza.

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