El valle de Colchagua, valle fértil, famoso por sus vinos de exportación nos recibió a lo lejos, nosotros mirando desde lo alto, internándonos en su valle. Veníamos felices. Antes de llegar, en Lolol, contamos nuestra historia de viaje al Museo de Artesanía Chilena y nos dejaron conocerlo gratis, ese y los dos museos de la Fundación Cardoen.

Partimos el día en Lolol, recorriendo cada región y sus artesanías. Desde artesanía en carbón de Lota, hasta cestas mapuches, o arpilleras de Santiago, incluida una original de Violeta Parra. Luego de un par de horas.

Una selección de fotos del Museo de Artesanía Chilena, en Lolol.

Continuamos hacia la Viña Santa Cruz, donde se encuentra el museo del Automóvil. Aquí Jupa era el más contento. Vimos un Ford Mustang, Burritas, Austing mini, AMC DeLorean y entre las motos en exhibición, nos encontramos con una Ural! Una moto soviética con un diseño de los años 40, con sidecar y doble tracción… adivinen en qué será nuestro próximo viaje…!

Llegamos a Santa Cruz, recorrimos el centro de domingo, con sus calles vacías y cortinas abajo y nos fuimos directo al museo de Colchagua. Partimos el recorrido avanzando lento por cada elemento en exhibición, sorprendidos con los insectos petrificados en ámbar, pegados en los fósiles, atentos en los vestigios de los primeros pueblos de América. Había tanto que ver, tanto que absorber, tanto que aprender, comparar, conocer, cuestionar, que luego de un par de horas nuestro cerebro colapsó y entró a un estado zombie, donde solo arrastrábamos por pies a la siguiente exposición. Por esto, les recomendamos visitarlo con tiempo. Con la entrada tienes derecho a estar 24 horas (o sea que puedes parar en la tarde y volver al día siguiente en la mañana) y puedes entrar y salir todas las veces que quieras en ese plazo.

Hay muchas cosas interesantes, desde fósiles, vestigios precolombinos, documentos oficiales de nuestra independencia, armas diseñadas por Leonardo Da Vinci, pistolas nazis de oro, artículos de la unión soviética, espadas samuráis, trenes, una cruz con un fragmento de la cruz de Cristo, la colección más grande de joyería mapuche, vestigios de la guerra del pacífico, carruajes de 1900, información sobre la visita de Darwin a Chile, carros de trenes y todo un espacio dedicado al rescate de los 33 mineros de la mina San José.

Precios: El museo de la artesanía cuesta $3.500 para público general, el museo del automóvil $5.000 y el museo de Colchagua tiene un valor de $7.000. No son muy económicos (porque son privados) pero si tiene que elegir uno, el de Colchagua es el que más vale la pena, luego el de artesanía y por último el del automóvil, obvio que todo depende de tus propios gustos.

Nosotros ya cansados, teníamos que empezar la búsqueda de un lugar donde pasar la noche. Nuestro plan era quedarnos en Santa Cruz por lo menos una semana con la intención de encontrar trabajo así que nos pusimos a recorrer. Aquí es cuando vuelvo a reiterar lo lindo de las sincronías. A dos cuadras del centro de Santa Cruz llegamos por casualidad al Boulevard de la Viña La Posada.

Ya eran las 7 de la tarde, el lugar estaba casi vacío y sólo vimos a un hombre y a un niño disfrutando de la tarde. Nos acercamos a preguntar por un café que vimos por internet y nos cuenta que el café había cerrado hace unos meses. Conversamos un rato, le preguntamos por algún lugar donde poder acampar con la kombi, que vivimos en ella y todo y nos dice “ah, pero quédense acá, no hay problema”. Coincidencia o sincronía, la única persona adulta que nos topamos era el dueño de la Viña, don Eduardo. Nos dejó estacionarnos, ocupar los baños del lugar y al día siguiente podríamos preguntar en los mismos restaurantes si es que necesitaban de nuestros servicios.

El lugar es hermoso y tranquilo, la casa patronal se levanta en el medio, rodeada de parras justo en el centro de Santa Cruz. La primera persona con la que hablamos fue Andi, dueña de El Cazador, un restaurant de carnes de animales de caza (jabalí, wayuu, codorniz, ciervo, entre otras). Luego de que lo consultara con su esposo Max, nos dijo que sí, que querían un video corporativo de su restaurant. Check! Nos quedaremos en Santa Cruz una semana.

Luego preguntamos en el restaurant vecino, PurAlma, un restaurant de cocina mestiza chilena increíble, con cooking show y una carta para chuparse los dedos y Christián el dueño y chef, nos responde inmediatamente que sí que quiere hacerlo. Check! Nos quedaremos en Santa Cruz dos semanas. Ahora había que consultarlo con Eduardo, para que él no tuviera problemas con estos intrusos. Nada de intrusos! Podemos quedarnos el tiempo necesario.

Nosotros que no somos buenos para el vino, tomamos vino casi todos los días. Entre Christián y Eduardo se encargaban de darnos vinos a destajo. Eduardo nos dio un recorrido por su bodega, probamos vinos de las barricas y conversamos muchas tardes sobre Santa Cruz, Cardoen, nuestros viajes, el terremoto y sus estragos, los helados de la panificadora y la familia. La esposa de Eduardo, Cuca, nos trató con mucho cariño, ella es apicultora y nos regaló miel de sus abejas, paltas de su patio, chocolates de su sobrina, huevos de sus gallinas y una bolsa de mote de maíz.

Christián es el chef de PurAlma y mientras grabábamos su video tuvimos la suerte de probar algunos de sus platos. Creo que nunca habíamos dicho tantas veces “un manjarsh” como en su restaurant. Él con sus coleguitas nos incluyeron en sus chistes y tallas y nos reímos todas las noches que compartimos juntos.

Los días en Santa Cruz fueron variados, algunos con lluvia, algunos con sol, algunos trabajando, en otros paseando en bicicleta, en unos comiendo, en otros descansando y en otros conociendo la ciudad. Compartíamos con Eduardo y Cuca, con Chistián y sus coleguitas, con Andi y Max, y cada día nos sentíamos más en casa.

Christián bromeaba de que el Boulevard de la Viña era nuestro propio hotel California, ese lugar donde te pierdes y nunca puedes escapar, pero antes de que esto fuera cierto, llegó el día de despedirnos de la familia de Santa Cruz. Entregamos los videos terminados a ambos restaurantes, Eduardo nos regaló una caja de sus vinos de La Posada (como si toda la hospitalidad hubiera sido poco) dimos todos los abrazos que pudimos y seguimos avanzando. Santa Cruz, para nuestra sorpresa, dolió al despedirse.

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