Bolivia | II Parte | La ruta hasta Rurrenabaque

By Agosto 24, 2017Bitácora de Viaje, Bolivia

Estamos en Coroico, Bolivia. El día comenzó a las 7.00 am. Jason es el primero en despertar. Uno a uno vamos integrándonos, uniéndonos al trabajo de ordenar las mochilas, separar lo sucio, limpiar las cámaras, guardar las baterías. De desayuno, atacamos los snacks que trajo Jason desde USA. Barritas de cereal en todas sus variedades y comenzamos la ruta hacia Rurrenabaque.

De la ruta sabemos muy poco, que es de tierra y a ratos de pavimento, que es hacia el norte y que nos llevará desde los dos mil y tantos metros de altura, hasta los 500 msnm en los que se encuentra nuestro destino.

Avanzamos atentos, y a menos de 1 kilómetro de Coroico aparecen las primeras aves. Carpinteros, cazamoscas, loros y matacaballos cada uno con sus nombres científicos que aún nos falta averiguar. El camino va en bajada y asfaltado, fluimos en medio de la vegetación, mirando las copas de los árboles, las ramas de los arbustos, las hojas de los helechos en busca de vida.

Llegamos a un pequeño poblado con una gasolinera. Cargamos combustible y escuchamos la noticia. El camino hacia Caranavi (la próxima ciudad) está en construcción y lo cierran de 7 am hasta las 5 pm de lunes a sábado. No lo podemos creer, es imposible que corten la única conexión terrestre entre ambas ciudades así que avanzamos incrédulos, como si la mujer que nos entregó la noticia, no supiera de lo que estaba hablando. Pero sabía. Lo descubrimos al llegar a “la tranca”, el punto en el que camino estará cerrado todo el día. Somos el segundo auto en la fila de espera. Me bajo como la vocera de nuestro transporte y pregunto todo lo que se me ocurre, pero ninguna pregunta que hago, cambia la respuesta. El cierre es hasta las 5pm. Tendremos que esperar aquí las próximas 8 horas.

Frustrados, agarramos las cámaras, cerramos el auto y nos vamos a caminar hacia un río. Seguimos a unas golondrinas hasta unos pozones de agua en medio de rocas bañadas por vegetación. El lugar nos está invitando a quedarnos, a pasar el calor con el cuerpo hundido en su agua de vertiente. Un manto de flores rosadas, rojas y naranjas son el escenario en el que mariposas llegan a instalarse y yo me quedo ahí, sentada en una roca, observando sus vuelos erráticos de flor en flor. Escucho los obturadores de los chicos. Hay pequeñas aves escondidas en los rincones. Sin darnos cuenta, ya son las 11.30 de la mañana. Lucío, un pasajero del primer auto en la fila, nos había dicho que era posible que nos dejaran pasar a las 12. Volvemos al auto y nos encontramos con más de 15 vehículos distribuidos en 3 filas, que bloquean todo el camino. El calor nos aturde, los autos se aglomeran, los ánimos se calientan y nosotros nos sumamos a la rebeldía. Ya son más de 20 autos pidiendo pasar. Ninguno sabía que “La Tranca” los estaría esperando. Mucho menos hoy que es jueves santo y todos quieren estar con sus familias para pasar las fiestas de semana santa.

Mientras esperamos, conocemos a Michael, boliviano, trabajador de una compañía de seguros, oficinista con alma de viajero. Viene desde La Paz a pasar unos días en la ruta, a bordo de la motorhome que él mismo diseñó. Nos invita a conocerla y quedamos atontados, sorprendidos del hermoso hogar que construyó para él y su familia. Dentro, hay camas para 8 personas, comedor, cocina, baño y ducha más un espacio para subir su Harley-Davinson. La construyó con el sueño de ir a hasta Alaska pero un linfoma lo obligó a aplazarlo. Mientras él y su esposa se recuperan (ambos con cáncer en recesión), Michael agarra su casa y se va a recorrer su país.

Escuchamos bocinazos y gritos, la señal para despedirnos de Michael y volver al auto con la esperanza de poder partir. Son las 3pm y desde el otro lado del camino, dos autos quieren pasar, luego un camión y un bus lleno de pasajeros, pero no hay espacio, estamos bloqueando toda la ruta. Los guardianes del paso no tienen más remedio que levantar la Tranca y como si hubieran dado la lanzada a una carrera de rally, los autos aceleran, una nube de polvo nos envuelve y nos sumamos temerosos a la pista.

El camino bordea la montaña, con acantilados, cascadas y ríos siempre presentes. Llevamos sonrisas en el rostro porque al fin podemos avanzar y el viento cálido entra por las ventanas cada vez que la nube de polvo desaparece. Pero nos cortan la inspiración rápidamente. Luego de una hora de viaje, tenemos que detenernos nuevamente. El puente frente a nosotros está bloqueado por un camión. Nos bajamos a recorrer el nuevo patio improvisado y los mosquitos se aprovechan de nuestra piel expuesta. Recorremos el puente a pie y el túnel en construcción por el cual pasará el nuevo camino. Nos pasamos la tarde conversando con Michael, mirando mariposas, mojándonos la cabeza para capear el calor. Buscamos aves en cada árbol que nos rodea, pero nada. El lugar está vacío. Minutos después lo entendimos. Una explosión en el túnel, a metros de nosotros, retumba por toda la quebrada dejando un enorme silencio a su paso. La dinamita, el sonido del progreso, de la promesa de mejores caminos, es motivo suficiente para ahuyentar a las aves que quizás vivían acá antes de que decidieran abrir la montaña.

El camino vuelve a estar a nuestra disposición. La carrera y la nube de humo vuelven a la ruta. El paisaje nos regala postales, a veces de bosques, a veces de selva hasta que aparece el río Yara y llegamos a Caranavi. Recuento final del recorrido, 70 kilómetros en 10 horas.

Nos instalamos cerca del río con la esperanza de ver algún pájaro, pero no vemos mucho más que palomas, gorriones y golondrinas (que para mi son suficientes, pero para los lentes de los chicos, no), así que cambiamos el plan y buscamos un lugar donde comer. Elegimos un lugar frente a la plaza con carnes a la parrilla, pero nuestra elección deja mucho que desear, comemos con recelo y rezamos por no pagar el precio más tarde.

Se nos está yendo el día y es hora de decidir si continuar el viaje o quedarnos en Caranavi. Lo lógico sería buscar un lugar donde dormir, quedarnos y continuar la ruta mañana, bajo la luz del día. La parte ansiosa y aventurera nos dice que sigamos, que no debe ser tan difícil avanzar de noche, que el camino mejorará. Y como se nos ha hecho costumbre, gana nuestro lado aventurero.

Salimos de Caranavi al atardecer y la noche nos hace arrepentirnos un poco de la decisión. El camino está muy malo, de tierra y barro al borde de un barranco, con cambios de carril sorpresivos. Nos es imposible no putear la ruta, que como es posible que la única vía que conecta el país sea tan precaria. El estado del camino se ha transformado en nuestro continuo antagonista, el enemigo que no quiere dejarnos avanzar, cuyo objetivo es detener nuestro viaje, obligarnos a darnos por vencidos. La Tucson es más baja que el resto de los autos que vemos transitar y avanza dando zancadas, saltos y golpes contra las piedras del suelo. Estamos agotados, avanzamos a 20 kilómetros por hora y el camino se hace eterno. Hasta que finalmente un puente de 500 metros nos recibe y nos cruza por sobre el río Alto Beni. Un wooow colectivo se escapa de nuestras gargantas. La luna llena reflejándose en el agua, la silueta de los árboles y el silencio. Y de repente, todo el estrés del camino, vale la pena.

Llegamos a Yucumo, un pequeño pueblo que tenemos que seguir de largo por no encontrar alojamiento. Un camino empedrado nos lleva hasta Palos Blancos. Encontramos un hotel/hostal rápidamente y nos entregamos a las duchas y a las camas para desaparecer.

El día comienza nuevamente a las 7am. El pueblo está vivo. Escuchamos bocinazos, motos por todos lados, personas llegando a la feria que está al costado del hostal. En las escaleras del patio interior, un lorito está instalado sobre la baranda, pasando el sueño. Jason trata de acercarse. Pone la mano, el lorito se sube amigablemente y cuando ya está encima de su dedo, le manda un tarascón que deja al pobre Jason sorprendido y traicionado.

Luego de un desayuno con pan, huevos, chocolate caliente y  plátano con yogurt (ñam!) nos vamos a buscar una entrada al río. Nos estacionamos cerca a una pequeña plaza a pocos metros de la bajada y sobre un árbol, un lorito azul toma el sol. Tres colorines con cámaras gigantes con ropa de turista camuflada no pasan desapercibidos en Bolivia. Dos mujeres que están afuera de sus casas nos preguntan de donde somos y que estamos haciendo y al contarle que estamos fotografiando aves y fauna nos invitan a su casa a ver un monito que tienen aguachado. Las casas son humildes, de construcción ligera, pero al entrar a los patios internos, sorprenden con una vista que cualquier hotel de lujo envidiaría. Una especie de terraza rodeada de árboles frutales, helechos y arbustos, con una vista amplia en primera fila hacia el río. De repente estamos rodeados de siete niños que nos miran con timidez. Los invitamos a sacarnos fotos y automáticamente se rompe la pared que nos separa y somos todos parte de lo mismo. El monito parece estar durmiendo en lo alto de su árbol y los niños lo llaman, le ofrecen plátanos y lo imitan para que nosotros los fotografiemos. Cada vez que bajo la cámara, inventan nuevas cosas que hacer para poder fotografiar. Unos se suben a un columpio improvisado, otros escalan un árbol, otros se encaraman a un techo y otros cuelgan cabeza abajo. Les contamos que queremos bajar al río y todos nos acompañan. Jury de 9 años, me toma de la mano e inmediatamente, una chiquita de 4 me toma la otra. Caminamos juntas de la mano hasta llegar al agua. Es un momento surreal. Me siento tan conectada, tan bendecida y agradecida por habernos cruzado en su cotidianeidad que a ratos me dan ganas de llorar. Los niños me enseñan lo lejos que pueden saltar, mientras las niñas me piden que les saque fotos con unas flores que acaban de cortar. Luego de la foto, todos corren hacia mí para revisarla y se aglutinan a mi lado y no doy más de felicidad.

Volvemos a la pequeña plaza. Jason está rodeado de un montón de gente que admira su cámara, le hacen preguntas que Jason responde con señas y la emoción de gratitud hacia la vida lo domina todo. Luego me entero de que Jason no pudo contener sus lágrimas.

Cuando llega el momento de despedirnos, Jury me pregunta si es que volveremos mañana y me da una pena enorme saber que lo más probable es que no nos volvamos a ver. Me subo al auto llena de abrazos, con un nudo en la garganta, la voz quebrada y una nube de amor.

Volvemos a la ruta. El camino comienza a escalar nuevamente los cerros. El procedimiento en la ruta ya está ensayado. Con los ojos enfocados en cada árbol, escaneamos sus ramas en busca de aves. Cuando uno de nosotros divisa algo diferente, gritamos “Stop, stop, stop!” o “Para, para para!” y el conductor está obligado a maniobrar rápidamente para frenar y orillarse, aquí la prioridad es detenerse. Descendemos del auto, rápidos y cautelosos, con la esperanza de que el ave en cuestión no huya volando. La primera parada del día fue en lo alto del cerro. Por la ventana veo un ave azulosa. Los chicos se bajan a buscar al espécimen, yo observo el río lechoso cruzando el valle, trato de buscar la casita del mono y los niños. Observo y me entretengo con la  pequeña cascada al costado del camino donde unos hombres toman un baño, las flores como campanillas rojas y amarillas, las mariposas azules brillantes que se pierden en la vegetación.

“Good spot Dani”- Me dice Jason cuando volvemos al auto. Lograron ver cuatro tipos de aves nuevas y el ambiente se llena de emoción, risas y palmaditas en la espalda. Más adelante volvemos a cruzarnos con Michael en su motorhome, ha decidido volver a La Paz para pasar el domingo de resurrección con sus nietos. Me admira su motivación. Michael estuvo con nosotros la mitad de su corto viaje, detenido en el camino y aún así, vuelve a casa feliz y creo que lo entiendo. Lo importante no es el destino, es el viaje.

El paisaje de montaña comienza a transformarse en planicie y comienza la bajada. Desde lo alto, podemos ver cómo se extiende el terreno hasta perderse en el horizonte.  

Avanzamos lento. El camino irregular y las paradas constantes a fotografiar nuevos descubrimientos hacen que los kilómetros se estanquen. Al fin, llegamos al pavimento a casi 100 kilómetros de Rurrenabaque. La humedad y el calor sofocante nos recuerdan que estamos ingresando a la selva Boliviana y el atardecer comienza a teñir de morado el cielo. Son las 6.30 de la tarde.

TUCAN, TUCAN, TUCAN! – Grita Jason y Tito frena y se orilla. Jason, ansioso trata de mirar con sus binoculares y cuando decide bajarse con su cámara, un monstruo gigante con un aparatoso y pesado trípode que ocupa la mitad de su asiento de copiloto, los tucanes emprenden vuelo y los perdemos detrás de los árboles. Felicidad, frustración y esperanza. Sabemos que estamos en su territorio y habrán más oportunidades de encontrarlos.

Una vez en Rurre, el Hotel “Los Tucanes de Rurre” nos hace sentido. Dejamos nuestras cosas y salimos a buscar alimento. Nos hemos mantenido todo el día con barritas de cereal. Encontramos una pizzería italiana al paso y se transforma en la mejor pizza que hemos comido en la vida.

Lo logramos, luego de tres días manejando, estamos en la puerta de entrada a la selva, el paso obligado para visitar el Parque Nacional Madidi.

La ruta Coroico – Rurrenabaque

Déjanos tu comentario

comentarios :)

Leave a Reply