Coyhaique, una vida junto al río

El río Simpson serpentea por el valle esquivando montañas nevadas, rocas escarpadas y de salto en saltito llega a Coyhaique donde finalmente nos encontramos. Nuestra estadía en la gran ciudad de Aysén fue larga pero pequeña. Días íntimos para hacer vida estática a las orillas de un río.

Este encuentro comenzó con una llamada de Cony antes de llegar a Coyhaique. Ella y Jupa habían sido compañeros de colegio en Santiago y cuando se enteró de que estaríamos en su ciudad nos hizo una proposición a la que no podíamos decir que no. Ella viajaría a Santiago por las vacaciones y necesitaba a alguien que se quedara en su casa, una pequeña cabaña a orillas del camino, para cuidar a sus dos perros y a su gato y nosotros estábamos con ganas de detenernos y hacer vida de hogar. Perfecta sincronía.

Cony nos dejó instalados en su casa, nos enseñó las rutinas de sus mascotas entre comidas y paseos y nos mostró el camino, de menos de un kilómetro, para llegar de su casa al río, ese lugar en donde pasaríamos las tardes venideras.

Los días avanzaban calmados entre nuevas rutinas y pausas. La cabaña, el cerro McKay, los árboles del valle, las nubes dejando pasar algunos rayos de sol que nos movilizan al río. Las tardes de Jupa pajareando, las mías nadando con la Curi o leyendo en la arena tibia.

El río nos regaló tiempo para escuchar, mirar y agradecer. Nos dejamos envolver por el flujo, por esa energía latente y calma. Es tan fácil ser feliz cuando estás despierto. No necesitábamos nada más. El río podría haber sido nuestro hogar durante todo el verano. En el recibimos a mi familia, paseamos, nadamos, nos reímos y generamos recuerdos juntos que acumulo en la memoria con el sonido de las loicas de fondo.

Hay muchas formas de vivir un lugar. Nosotros lo vivimos a orillas de ese río, equilibrándonos y renovando nuestras energías para continuar el camino que nos esperaba hacia el sur.

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