Cuando en Valdivia quemaba el sol

En Antofagasta, hace más de un año atrás, en una galería del centro, nos compramos una bolsita de té artesanal. Era un té verde sencha con yogurt y frutillas que potenció enormemente mi adicción al té. Una bolsita sencilla, envuelta en un papel celofán verde, con una etiqueta donde se leía “Sensorial – Valdivia”. Me imaginé a las personas que habían metido el té en ese paquete y de inmediato pensé “podríamos grabar un capítulo sobre ellos”.

Así de simple, la vida-universo empezó a maquinar sus estrategias y meses más tarde nos cruzó en Santiago con el pololo-de-la-hermana-de-la-dueña-de-sensorial quién nos habló sin querer del emprendimiento y ya estábamos con Valdivia y sus tés en la cabeza.

Antes de esa sincronía, Valdivia era el Calle-Calle y la lluvia, esa lluvia interminable que tapizaba de un halo borroso la ciudad. Pero la verdad es que la lluvia valdiviana fue como un mito para nosotros, algo que nunca existió.

Primer avistamiento al Río Calle Calle.

5 minutos de lluvia antes de llegar a Valdivia.

Nos habíamos despedido del lago Panguipulli, cruzando campos verdes invadidos de vacas pastando, colinas adornadas de ovejas, graneros con tejas de madera que parecen vigilarlo todo. Luego de algunos kilómetros cruzamos los últimos puentes que nos llevan a Los Lagos, el punto que cruza la panamericana y una de las rutas de acceso hacia la ciudad de Valdivia.

Bordeando el Río Calle Calle, avanzamos a un costado de la línea del tren imaginando lo hermoso que tuvo que haber sido ese recorrido cuando el tren era el dueño de la ruta, zigzagueando sobre los acantilados que caen al río, con el paisaje borroso a través de sus ventanas.

Ya en Valdivia, Berenice nos recibe en su casa como si fuéramos amigas de siempre y nos invita a comer. Alicia, la niña de 4 años más adorable del planeta, nos muestra sus dibujos, sus semillas e  instrumentos mientras la Bere prepara todo, atendiendo la cocina y a Pascual, su segundo hijo de solo 6 meses. Mientras comemos, le contamos de nuestro viaje, de la kombi y ella nos cuenta sobre cómo fue que llegaron a Valdivia y todo lo que pasó antes de lanzarse a la aventura de Sensorial. Rápidamente en la conversación entendemos porqué estamos ahí… era necesario conocernos.

Los días siguientes los pasamos grabando a ratos, paseando en otros, editando después y trabajando por goteo, instalados en el patio de la casa de la Bere, con las puertas y ventanas abiertas de Amunche para que el poco viento se dignara a entrar. Alicia llegaba a veces con frutas de regalo, con dibujos de su casa, con nuevos pasos de baile, con las zapatillas más rápidas del mundo.

Un día mientras esperábamos a la Bere para grabar, la Alicia tomó su tambor y empezó a marcar un ritmo. Se parece a “Arriba quemando el sol” pensé y mi pensamiento fue confirmado cuando la niña de 4 años más adorable del planeta, golpeando su tambor, comenzó a cantar la letra de Violeta Parra y se grabó en mi cabeza ese recuerdo para siempre. Así es como recordaré a Valdivia, con el sol quemando arriba, escuchando el tambor de la Alicia, tomando té con la Bere mientras vemos los primeros primeros intentos de pasos de Pascual. Será el día que paseamos por el jardín botánico de la Universidad Austral, tomando cervezas en la Kunstmann para capear el calor. Valdivia es el día en la playa que compartimos con los amigos de la Bere y su familia, el guitarreo y la improvisación tirados en la arena mientras la Alicia se encarama por mi espalda. Es el paseo en bicicleta por la costanera del Calle Calle, contando los botes a remo pasando en la otra dirección.

Pueden hablarme todo lo que quieran de la lluvia valdiviana, yo seguiré diciendo que no existe y que arriba quemaba el sol.

Hasta los lobos marinos disfrutando del sol.

Improvisación en Piloucura.

Playa Piloucura, Costa Valdiviana.

Jardín Botánico Universidad Austral.

Disfrutando la costanera del Río Calle Calle.

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