Luego de dos semanas de quietud en Santa Cruz, empieza todo de nuevo. Avanzar por nuevas rutas, buscar nuevos patios, nuevos lugares a los que pertenecer. Encontrar a nueva gente, posiblemente nuevos amigos con los que compartir los días.

En este constante movimiento, es necesario sobrepasar los mismos miedos que nos acompañan. Será seguro? Será tan fácil como hasta ahora? Encontraremos todo lo que buscamos de este nuevo lugar?

Con todas esas preguntas avanzamos entusiasmados, sentir el viento en el rostro, los ojos que miran, las manos que saludan, nos sacan sonrisas kilómetro a kilómetro. El objetivo de hoy es San Vicente de Tagua Tagua. Antes, nos desviamos a conocer un castillo del que nos hablaron. Lo encontramos sin problemas y resulta extraño ver una construcción tan peculiar en medio de un campo tan chileno. Alguien un día se levantó con la idea de “quiero un castillo” y por extraño que suene ese sueño, lo hizo. Y aquí estamos disfrutándolo.

Seguimos. Recorremos campos arados y parras, entre plantaciones de duraznos, olivos, manzanas y peras. El paisaje se ordena en fundos, cada uno bien cuidado. Luego de algunas horas estamos en San Vicente. Nos estacionamos en la plaza de armas y recorremos las calles del centro. Las ciudades tienden a parecerse demasiado. Estamos en San Vicente para grabar un nuevo capítulo de la serie Nosotros los Chilenos. Mañana conoceremos a Eduardo, Luthier de instrumentos a cuerda pulsada que vive en Idahue, muy cerca de San Vicente. Nosotros por ahora, tenemos que buscar un lugar donde pasar la noche. La búsqueda comienza y recorremos las calles de San Vicente buscando un lugar abierto y seguro donde pasar la noche. Luego de algunas vueltas, no lo encontramos y decidimos avanzar en dirección a Idahue y buscar un lugar en el camino. El lugar nos encontró a nosotros. Tomamos un pequeño desvío a Santa Gertrudis y ahí justo afuera de unos galpones “abandonados”, Amunche se instala con toda su personalidad, como diciendo, aquí me gusta, aquí me siento en casa.

Exequiel y el vino La Posada

Comienza la rutina de estar estacionados. Lavar la loza, ordenar la ropa, tomar once, jugar cartas, escribir, revisar fotos, cuando de repente, ya de noche, alguien nos golpea la ventana. Silencio. Abrimos la puerta para encontrarnos con un hombre, pala al hombro, que nos pregunta que estamos haciendo ahí. Le contamos todo lo más rápido posible, que estamos recorriendo Chile, que queremos pasar la noche, que nos vamos temprano, que somos buenos cabros, que no se preocupe. Exequiel (nos dijo su nombre, pero con el nerviosismo ahora no estoy segura si es que era Exequiel) nos dice que les han robado muy seguido y que por eso vino a vigilar. Que no nos preocupemos, que pasemos la noche. Alivio, ahora si, podemos continuar la rutina tranquilos.

A la mañana siguiente, Exequiel viene a copuchar. Le mostramos la kombi, le contamos algunas de nuestras historias y le regalamos un vino de los que Eduardo de Santa Cruz, nos regaló. La cara de sorpresa de Exequiel fue la mejor, no se esperaba un vino a esas horas de la mañana. Nos ofreció baño, ducha, comida, pero tuvimos que dar las gracias y decir que no, que a lo mejor a la vuelta, que ahora nos estaban esperando en Idahue.

Idahue es una pequeña localidad entremedio de dos tranques, de pequeñas casas de campo, con amplios patios de plantaciones. Llegamos al taller de Eduardo, un lugar con olor a madera, con aserrín flotando en el aire, con instrumentos a medio hacer colgando desde las paredes. Eduardo y sus amigos están por hacer un asado, sin decir mucho, nosotros nos sumamos. Pasamos la tarde entre conversaciones de música, cine, instrumentos, maderas y bonsái.

Luego de la comilona decidimos ir a conocer el tranque Idahue, a solo unos 4 kms del taller de Eduardo. El lugar está lleno de vida. Ovejas pastando, loicas y golondrinas cruzando nuestro paso, taguas y patos en las partes más pantanosas del tranque, garzas y buitres en las alturas de los árboles.

Aquí es cuando la vida juega con nosotros y nos sorprende. Felipe, amigo de Jupa, nos llama primero para retarnos. “Te dije que la Pauli tiene familia en San Vicente” un vórtice se abre en la mente de Jupa y si, era cierto, en uno de los últimos carretes en Santiago, La Pauli, polola de Felipe, nos habla de su familia en el sur, que podemos llegar allá, que hay que avisarle cuando estemos en San Vicente. Nosotros lo habíamos olvidado (como nos ha pasado muchas veces ya) Lo más lindo de todo es que la familia de la Pauli vive en El Niche, una localidad a 6 kms de Idahue, donde estamos ahora. Si eso no es magia, entonces qué?

El Felipe hace las gestiones para que lleguemos a la casa de los tíos de la Pauli. Omar nos recibe en su casa, junto a su hija y esposa, con la mesa servida, listos para cenar. Aprovechamos una buena ducha (milagro del mundo moderno) y luego a comer. Conversamos mucho sobre la vida en el campo, sobre el trabajo de Omar en transporte y sobre la vida en la kombi.

Al día siguiente (sábado), Felipe y Pauli viajaron desde Santiago para disfrutar unos días juntos en el campo. Almorzamos con toda la familia de la Pauli, tías, primas y primos, hicimos el tour a la kombi muchas veces y nos regalaron huevos y paltas de sus campos. La kombi no puede estar más chocha.

El domingo lo pasamos entre comidas y paseos, fuimos al tranque Millahue y luego en la noche hicimos un asado (Felipe es fanático de los asados). Por coincidencia, los chicos no tenían que trabajar el lunes así que “todo calza pollo”. Conversamos de la vida, del futuro, de los planes que se vienen, nos reímos y celebramos la coincidencia de haber estado tan cerca de esta linda familia.

La mañana del lunes fuimos a recorrer el tanque Idahue con Felipe y Pauli. Nos despedimos para ir al taller de Eduardo a grabar un nuevo capítulo de la serie. En la tarde, cuando volvimos al Niche, los chicos ya se habían ido a Santiago, Omar y su esposa se habían ido a trabajar afuera durante la semana. En la casa nos esperaba Lorena, tía de la Pauli, con la chimenea prendida. Tomamos once juntos y luego se fue a su casa, dejándonos solos esa noche en la casa de Omar. Esa confianza extraña se siente como un premio, como una evidencia del éxito. Es la muestra de que lo estamos haciendo bien, de que dejamos una huella pequeña, un aire inspirador, como si borrásemos el miedo y dejáramos flotando en el aire un ¿Por qué no?

Déjanos tu comentario

comentarios :)

Leave a Reply