El final de la Carretera Austral

¿Nos aburriremos algún día de los paisajes? ¿Llegaremos al punto de sentir que lo hemos visto todo, sentido todo, vivido todo?

Mi respuesta automática es No. No hay forma de que la naturaleza y sus espectáculos lleguen a hartarme, aburrirme, incluso a acostumbrarme. Soy más parecida a mí misma cuando estoy en ella, cuando todo lo que necesito es estar ahí, despierta, en un refugio conectada a sus ciclos, olores, texturas y sonidos.

Quizás para mí, ya no se trata tanto del viaje en sí. Quizás todo sea sobre los paisajes. De ser en la naturaleza, de conectarme con la vida que nos rodea y que tan acostumbrados estamos de olvidar.

Una cuchara golpea insistentemente la taza en la que se encuentra, al ritmo de las vibraciones que el ripio propone, sacándome de mis pensamientos. No es lo único que suena. Las latas sueltas aprovechan el movimiento para acomodarse, un amortiguador rechina en cada hoyo que nuestra rueda encuentra. Abro la ventana para dejar entran los sonidos del bosque. Me imagino los pasos de los huémules, el roar de los zorros, el trinar de un chucao, un carpintero buscando alimento entre la corteza, el río Baker abriéndose paso entre el valle. Mi imaginación entrega más de lo que la banda sonora de la kombi nos deja oír y me mantengo entretenida, buscando en mi recuerdo nuevos sonidos que agregarle al paisaje, ese paisaje que se oculta tras una nube de polvo café cada vez que un auto nos sobrepasa.

Amunche pierde fuerza en una subida e inmediatamente apago los sonidos imaginarios para darle paso a la preocupación y nos detenemos. Jupa corre las bicicletas, abre la tapa del motor y revisa que la pérdida no sea grave. Estamos lejos de las grandes ciudades, y con eso, lejos de repuestos, grúas, o mecánicos. Rogamos a que sea algo simple, incluso, un regalo de Amunche para detenernos y escuchar los sonidos que tanto venía imaginando.

Una sonrisa se arranca de la cara de Jupa seguido por –es la piola del acelerador. Hermoso. De esa piola tenemos repuestos. Lo más difícil de la tarea mecánica es luchar bajo el sol contra los tábanos hambrientos que se empeñan en atacarnos. Agitando un paño a mi alrededor hago lo mejor que puedo para darles la pelea. Le presto refuerzos a Jupa que recostado bajo Amunche está en una pésima posición de defensa.

Con piola nueva seguimos el camino, siempre al sur. La brisa marina comienza a aparecer y llegamos finalmente a los estacionamientos de Caleta Tortel. La caleta es conocida por sus pasarelas de cipres y el poblado solo puede recorrerse a pie, entre escaleras, pasarelas y puentes. Llegamos a Tortel cuando ya estaba atardeciendo y decidimos guardar los paseos por las pasarelas para el día siguiente y nos quedamos ahí arriba, en el estacionamiento divirtiéndonos con los colores que aparecen y desaparecen frente a nosotros.

Al cabo de un rato nos damos cuenta de que tenemos un problema. Son pasadas las nueve de la noche y los baños públicos están cerrados y si bien estamos acostumbrados a hacer nuestras necesidades en la naturaleza (algún día les contaré el proceso completo para no morir en el intento), acá estamos rodeados de autos, casas y turistas que no nos permiten considerarlo como opción.

Entramos a uno de los puestos que atienden a los recién llegados turistas y decidimos darnos un pequeño lujo. Dos barros Luco por favor y de pasada, tenemos derecho a usar el baño. Estamos salvados por hoy.

Al día siguiente nos daríamos cuenta de que en el mismo negocio podíamos comprar un “calzón roto” (dulce típico de Chile) por $200 pesos y tener acceso al baño, mientras que los baños públicos cobran $300 sin ningún dulce de regalo. En resumen, comimos calzones rotos por lo menos 2 veces al día.

Luego de sacudir el polvo del camino de nuestra cama, nos preparamos a dormir en uno de los hostales con mejor vista a Tortel, nuestra kombi.

El sol aparece temprano y despiadado, así que le hacemos caso y partimos el día temprano. Bajamos las escaleras, curva a la derecha, luego a la izquierda, escaleras hacia abajo, pasarela cruzando una casa, izquierda, abajo y llegamos a la pasarela principal a orillas del mar. El río ha teñido de un celeste lechoso las aguas de los fiordos y nos acompañan dos perros del lugar como si fueran vigilando nuestros pasos.

Recorremos los 2 kilómetros de pasarelas, hasta llegar a una playa pantanosa donde algunos mochileros arman sus campamentos. El lugar tiene un halo de magia y amor a donde quiera que nos movemos. Magia porque parece que en cada casa se estuviera construyendo la historia de un personaje de leyenda y amor, porque no hay otra palabra para describir el trabajo y tiempo que los habitantes de Tortel han invertido para cortar, clavar, barnizar y armar cada sendero.  Perderse entre las pasarelas debe ser el juego favorito de los niños del lugar, porque también fue el mío.

Volvemos al estacionamiento, el único lugar en el que Amunche puede recibirnos y nos predisponemos a almorzar, cuando nos tocan la ventana. Es el Lalo con el que compartimos ruta en Puerto Rio Tranquilo, Puerto Beltrand y Cochrane. Nos reímos de la coincidencia, sobretodo después de haber pasado tantos días quietos en la Laguna Esmeralda. Nos imaginábamos al Lalo cruzando Villa O´Higgins en dirección a Argentina, pero ahí estábamos nuevamente.

Conversamos de la ruta, de la calamina, el polvo y los autos turistas que pasan como si fuera una carretera pavimentada. Nos contó que quiere descansar un día antes de seguir a Villa O’Higgins y nosotros nos ofrecimos a llevarlo, por lo menos a acercarlo un poco más para que pueda llegar un poco más rápido.

A la mañana siguiente, cargamos la bicicleta de Lalo en el living de nuestra casa y partimos los tres a recorrer el último tramo de la ruta 7. Quizás sin darnos cuenta, habíamos aplazado este día, para no tener que terminar una de nuestras rutas favoritas del viaje. Pero ninguna ruta es la misma dos veces y las sorpresas estarán a donde vayamos, por lo que aplazar algo que te da alegría no tiene sentido.

El camino es diferente a los últimos kilómetros recorridos. El valle se cierra y escala angostamente. Estamos cerca de los hielos que cuelgan de las montañas y el río se ve plateado, iluminado por una luz de sol hasta entonces desconocida. Paramos a almorzar y no hay manera de refugiarse de los tábanos que quieren devorarnos a toda costa. Terminamos el almuerzo con varias picadas en nuestra piel.

El Lalo aprovechó la pausa para recolectar Calafates y nos fuimos picoteando el postre mientras Amunche avanzaba tratando de esquivar las nubes de libélulas que se cruzaban en nuestro camino.

Llegamos al embarcadero minutos antes de que el ferry zarpara y para acompañar la espera, nos preparamos un té. Una pareja de ciclistas europeos decidió descansar en la playa hasta quedarse dormidos y cuando el ferry estaba listo para partir, con todos los pasajeros ya arriba, el hombre, despertó, se puso de pie y corrió hacia nosotros, mientras le daba indicaciones a su pareja para que estuviera lista. A la distancia veíamos a la mujer recolectar su ropa, vestirse rápidamente, tratar de guardar todo el campamento que habían desempacado hasta que el hombre llegó jadeando hasta nosotros y pidió hablar con el capitán.

Pero el capitán no se enteró de que entre nosotros estaba el ciclista, sin sus pertenencias y sin su pareja y zarpó. La mujer nos miraba como aturdida mientras el ferry se alejaba de la orilla con su pareja dentro.

Cuando el ciclista se dio cuenta de que habían zarpado, ni siquiera hizo ademán de tratar de volver a la orilla. Se resignó, agarrándose la cabeza y mirando a su pareja alejarse en la distancia.

Viendo la escena, entendimos que no sabía cómo comunicarse muy bien y fuimos a contarle a alguien de la tripulación para pedirles si podían volver por la mujer. Luego de las risas que la situación dejó, el capitán volvió a la orilla, pero solo para dejar que el ciclista volviera con su pareja, de seguro a recibir un buen reto por haberla abandonado.

Los paisajes no pueden aburrirme. Las cascadas se repiten, los árboles se repiten, los pájaros se repiten, pero ninguno pasa indiferente ante mis ojos. ¿Será un espectáculo para todos? ¿O sólo nosotros nos fijamos? ¿Cuánto tiempo tomará acostumbrarse a estos colores?

Es domingo, el pueblo está dormido y somos pocos los que llegamos hoy. Lo único que permanece abierto hoy es un almacén donde nos abastecemos para cenar. Nos enteramos de que el Lalo estará de cumpleaños mañana y compramos un dulce que haga la labor de torta y cervezas para celebrar el nuevo año.

Los campings se ven bien, pero encontramos un lugar abierto en la entrada del pueblo, entre árboles y arbustos donde Amunche cabe cómoda bajo la sombra. Abrimos las puertas, bajamos el toldo y el Lalo se ofrece a cocinar. Nos prepara un plato de “spaguetti a la mare” que básicamente son fideos con crema, queso rallado y una lata de choritos. Le quedó increíble.

Ahí es cuando disfruto de la vida en viaje, porque gracias a las coincidencias es que hoy podemos estar celebrando el cumpleaños del Lalo juntos, como amigos de siempre, como si lo más normal fuera celebrar tu cumpleaños con desconocidos en la mitad de Patagonia.

Tenemos un plan, pero Amunche parece no estar de acuerdo. El plan consiste en recorrer los últimos 8 kilómetros de la ruta 7 en bicicleta. Se siente excluida, traicionada. Es que tenía tantas de ganas de marcar ese hito junto a nosotros que no tiene sentido abandonar la tarea ahora. Le explicamos que queremos acompañar al Lalo en un tramo de su viaje, aunque sean 8 kms y que siempre le habíamos prometido llegar a Villa O’Higgins, el último poblado de la ruta, y ahí estábamos. Luego de un tira y afloja, Amunche acepta y se ofrece a cuidarnos el sitio de acampada mientras estamos fuera.

Así que partimos en las bicicletas, cruzamos el último puente, metimos las manos al último lago y llegamos al punto final, a donde se acaba el camino. Nos embarga una sensación inconclusa, de no querer reconocer que se acaba, porque queremos seguir recorriendo más, conociendo más, explorando más.

Se acabó la ruta de Aysén, la región en la que vivimos más tiempo durante el viaje. Ahora sólo nos queda Magallanes y para ir hacia el sur, tendremos que volver a recorrer 329 kms al norte hasta el Paso Roballos, el último cruce vehicular hacia Argentina y avanzar por tierras trasandinas 742 kms para entrar nuevamente a Chile.

Allá vamos.

El recorrido de este relato:

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