En búsqueda de las Cuevas de Mármol

Entregamos las llaves de la cabaña, abrazamos a las tres mascotas que fueron nuestras por 3 semanas y dejamos de ser residentes de la capital de Aysén.

Avanzamos por la ruta 7 con mi familia, por el pavimento que queda de la carretera Austral. Cruzamos laderas amarillas con troncos esparcidos sobre el paisaje, troncos que quedaron de la época en la que los colonos europeos pensaron que serían capaces de controlar el viento patagónico. Los europeos quemaron los bosques de la patagonia para abrir claros de cultivo y no fueron capaces de controlar la fuerza y rabia del viento, que esparció los incendios por años.

Cruzamos los bosques quemados, imaginando el paisaje mucho más verde, mucho más cierto. El pavimento nos lleva con amabilidad hasta Cerro Castillo, lo vemos imponente admirando su territorio, dejándose admirar por los turistas que lo miran con ojos de niño curioso.

Nosotros avanzamos mirando entre los bosques que se salvaron, con la idea de encontrar entre los árboles a algún huemúl, el animal dueño de los bosques patagónicos, pero los únicos que vemos son los que aparecen cada tantos kilómetros en los carteles de la ruta que cuentan que “aquí murió uno atropellado”. Nosotros avanzamos lento por respeto y porque no podemos ir más rápido hasta llegar al fin del pavimento que se despide para siempre para darle la bienvenida nuevamente al ripio, tierra y piedras que nos acompañarán el resto del camino.

Luego de horas vibrando sobre el ripio, llegamos al sector de Murta y nos instalamos en una cabaña a pasos del río. Llegamos con los cuerpos cansados, apretados del viaje, con hambre pero pese a todo, felices de estar todos juntos aquí.

Al día siguiente nos vamos en la búsqueda de las cuevas de mármol. Avanzamos por el ripio hasta ver las aguas celestes, calipsos, verdes, del lago General Carrera (lago Buenos Aires por el lado argentino). Por la derecha las caídas de aguas nos obligan a girar la vista y rápidamente volvemos al agua clara y quieta del lago.

Llegamos a Puerto Rio Tranquilo, el primer poblado que vemos en el lago. Un camping, hostales, picadas y tiendas de turismo forman el pueblo. Elegimos a un guía y en su bote, comenzamos la navegación hacia las cuevas. Seguimos a lo lejos a otro bote, y a la distancia, otro nos sigue a nosotros. El tiempo en cada cueva es restringido para no toparse con los que nos siguen.

El lugar nos quita el aliento y aquieta la mente. Sólo nos enfocamos en el agua y el reflejo que genera en la pared dura y suave del mármol. Imagino los años de trabajo que el agua invirtió para hacer esa obra de arte y sólo puedo agradecer en silencio por tener la oportunidad de ver el tiempo transformado en cueva.

En las cuevas de Mármol de Puerto Río Tranquilo no puedes bajarte del bote, pero en las de Puerto Sánchez sí. Para llegar a ellas, hay que volver el camino hasta la entrada de Bahía Murta (donde pasamos la noche) y bordear la costa del lago, por caminos empinados y zigzageantes que nos entretienen y aterran de vez en cuando.

Puerto Sánchez había sido un pueblo minero, años atrás extraían el mármol y otros minerales del mismo manto del mármol que ya habíamos visto. Hoy no se extrae industrialmente, pero las cuevas de Puerto Sánchez no están protegidas por nadie y son más extensas que las que todos conocen.

Tomamos un bote y navegamos hasta la isla de mármol en medio del agua de colores. Aquí podemos caminar sobre el agua y nuestros pasos no son capaces de alterar la piedra sólida del suelo. recorremos las cuevas por dentro y a pie y luego, mi papá decide que es un buen día para tirarse al agua. El grito de frío retumba en las cuevas y nosotros nos reímos y celebramos desde la calidez del bote.

El tiempo tiene el poder de abrir cuevas en el agua y también de generar recuerdos que duran para siempre.

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