Exploradores en Bolivia

By Junio 14, 2017Bitácora de Viaje, Bolivia

Un toque suave en mi hombro me despierta. Es Jupa. -Ya hay que levantarse-, me dice y mi cuerpo no entiende lo que está pasando. Son las 3 de la mañana y me demoro unos segundos en ubicarme. Me levanto, me cambio de ropa con movimientos inconscientes, automatizados y obedientes. Mi cuerpo se mueve, pero yo sigo durmiendo.

De repente me fijo en el rincón de la pieza. Mi mochila armada, llena, con las correas tensadas y esa imagen me trae a la realidad. Llegó el día, hoy comienza una nueva aventura y mi ánimo reacciona y me inyecto de energía.

Saco cuentas. Hace más de un año que no salíamos de viaje y no lo puedo creer. No entiendo como fue que pasó tan rápido el tiempo. Los esbozos y replicas del viaje me han acompañado todos estos meses y el recuerdo de la vida en kombi está tan vívido, tan presente que es imposible que haya pasado tanto tiempo, pero así es.

Lo pienso y mi ansiedad se intensifica. Nos vamos a Bolivia. Nos vamos hoy a Bolivia, y chequeo mi cédula de identidad 5 veces antes de salir de la pieza. Y sí, estoy nerviosa. Sé que vamos cerca, que ya he estado en Bolivia antes, que ya he mochileado antes, pero sé que este viaje será diferente.

PREFACIO

Este viaje comenzó con un descubrimiento. La primera fotografía que Jupa tomó de un ave en forma consciente. No sé que ave fue, ni donde fue que la tomó, pero esa primera fotografía, esa curiosidad por saber el nombre, la especie, la rareza del descubrimiento, despertó en él un hobbie casi obsesivo que se expandió como un virus entre nosotros. Ya no salíamos a recorrer las ciudades, salíamos a recorrer, la playa, los ríos, las lagunas, los bosques, en silencio, a paso suave para no ahuyentar a algún pajarito escondido.

Las fotos de las especies capturadas por el lente de Jupa empezaron a invadir nuestras vidas y ahí fue cuando apareció Jason. Vía instagram, un gringo, desde Chicago, le escribió un día a Jupa, diciéndole que quería viajar a Chile a hacer birding y que estaba buscando a alguien que lo guiara por dos semanas.

En ese momento, nosotros estábamos de vuelta de nuestro viaje por Chile y teníamos algunos datos de avistamientos y Jupa se ofreció a acompañarlo. Habría que arrendar una van para viajar esas semanas y ahí fue cuando se sumó Tito. El hermano de Jupa también es viajero, fotógrafo y dueño de una van 4×4 con la que se completaba el viaje.

Jupa, Jason y Tito (la Ginger Crew), se hicieron amigos inmediatamente.

Y gracias a ellos, hoy estoy sentada en un avión a La Paz. Vamos en búsqueda de todo lo que Bolivia quiera enseñarnos.

  • Tripulantes: Jupa, Tito, Jason y yo.
  • Objetivo: Recorrer Bolivia fotografiando la mayor cantidad de aves posibles.
  • Duración: 16 días.
  • Inicio: 11 de abril. 6.45 am. Vuelo LAN 892.
  • Transporte: Desconocido.
  • Estado del camino: Desconocido.
  • Alojamiento: Desconocido.

BITACORA

DÍA 1

06.45 am. El avión despega desde Santiago de Chile. Un bebé llora a mi lado. Dormito. Por la ventana se filtran los primeros rayos de sol del día.

09.00 am. Hora local. Llegamos a La Paz, después de 3 horas de viaje. El avión es una máquina de teletransportación. La altura me revuelve el estómago. Mi pulso se agita, el aire se me escapa.

09.30 am. Llega Jason desde Lima. La GInger Crew está reunida después de 9 meses.

10.10 am. Logramos atravesar el tráfico de La Paz. Hacemos del café Banais nuestro centro de operaciones. Hay que buscar un auto para movernos y comenzar la travesía.

12.20 pm. Una Tucson, 4×4 se integra a la travesía. Su labor, ganarle a la altura, a la distancia y transformar lo desconocido en camino recorrido.

14.30 pm. Atravesamos La Paz de norte a sur. Descubrimos su magnitud, tratamos de entender su laberinto. Nos guía la costanera del río hacia el sur.

15.03 pm. Llegamos a casa de Yannick, ciclista profesional y amigo de Jupa y TIto quien nos invitó a pasar la noche en su casa. Benditos sean los amigos.

16.00 pm. Nuestros estómagos rugen por alimento. Nos vamos directo a “Pollos Copacabana” el imperio de comida rápida boliviana.

16.30 pm. Escalamos las calles empinadas de La Paz. Nos perdemos entre sus ladrillos, entre sus casas colgando en los cerros de colores. Se notan los 3.700 mts de altura. La Tucson sube lento, sin aire, agarrándose a penas.

17.00 pm. Si entrecierro los ojos desde la altura, los edificios y las casitas desaparecen fundiéndose con el color de los cerros. Estacionamos al final del camino. Un burro nos advierte de no traspasar la propiedad privada de una casita.

17.05 pm. Frente a nosotros, el Valle de las Ánimas nos recibe en silencio. Caminamos lento, el aire nos hace el quite. Gigantes inestables de tierra, roca y barro nos observan desde las alturas. 10, 30, 50 mts de altura sobre nuestras cabezas. Nos pasamos la tarde caminando entre murallas de rocas y agradecemos que no hayan terremotos en Bolivia, para permitirles seguir de pie. La altura nos hace explotar las cabezas.

19.40 pm. Cruzamos la ciudad de vuelta a casa de Yannick directo a la cama. La falta de sueño, el hambre y la altura nos tienen mal. Un día de aclimatación nos dijeron, pero somos porfiados y nos fuimos a hacer senderismo. El precio que hay que pagar por un buen primer día.

DIA 2

07.00 am. Los chicos, la Ginger Crew, salen a recorrer el vecindario en busca de aves.

08.00 am. Nos despedimos de los dueños de casa, son ellos los que se van, nosotros nos quedamos.

09.30 am. Marcamos la ruta hacia Coroico en nuestro GPS. Comienza la escalada entre el tráfico histérico de La Paz.

10.30 am. La ciudad loca y hermosa va quedando atrás. La vemos cada vez más pequeña en el espejo retrovisor. Las nubes están cada vez más cerca.

11.00 am. Detrás de un pequeño cerro aparece la neblina, lluviosa y densa, nos obliga a avanzar lento tratando de encontrar el camino. Lluvia intermitente, neblina continua que nos oculta el paisaje. Los autos y camiones locales avanzan con las luces apagadas, aparecen de la nada.

11.30 am. Bajo la lluvia aparece la bifurcación hacia el camino de la Muerte. Nuestro lado lógico nos advierte que no vale la pena hacerlo con esta neblina, que no veremos nada, que para que arriesgarnos. Nuestro lado aventurero no se imagina volver a casa sin la historia que puede ofrecernos. Quizás se despeja, quizás la lluvia se va. Gana nuestro lado aventurero.

11.50 am. Pagamos 25 bolivianos (2.500 pesos chilenos) cada uno para comenzar El Camino de la Muerte.

Desde este punto, las horas se confunden, aglomeran, desparraman, se vuelven irrelevantes y el tiempo lo marcan los elementos. 

 

  1. La Neblina

Una sábana blanca y densa nos rodea y nos obliga a adivinar los acantilados que se perfilan a  nuestra izquierda. El camino de la Muerte comienza escondido, detrás del vapor, del agua suspendida. Cada vez que sentimos que se disipa, vuelve a brotar entre los árboles, alimentada de la humedad de los primeros bosques. Las cascadas nos sorprenden a pocos metros sin ser percibidas hasta que irrumpe sobre nuestras ventanas.

2. La lluvia

No somos capaces de distinguir la altura de las montañas hasta que aparece la lluvia. El agua cae con fuerza, ampliando nuestro rango de visión pero limitando nuestras caminatas esporádicas. El agua se aglomera entre las quebradas y se lanza al vacío formando cientos de cascadas que nos mojan, nos divierten y nos entusiasman. Cascadas que caen a los bosques, que nos cubren, que nos caen encima y luego continúan su camino por los barrancos. Hasta que aparece La Cascada. El camino se dibuja entre un murallón de cerro a la derecha y un acantilado hacia la izquierda. Estamos a 3.500 msnm y La Cascada, gruesa, fuerte y decidida comienza su caída a 100 mts sobre nosotros tomándose todo el camino entre murallón y barranco y tenemos que cruzar. Estamos excitados y nerviosos, recuerdo que pedimos aventura y aquí está frente a nosotros invitándonos a cruzar. Roberto va al volante, Jason de copiloto, La Cascada desafíandonos y el camino nos complica con una curva angosta justo donde el agua golpea la tierra.

Tito acelera y la Tucson avanza directamente hacia el centro de La Cascada. el ruido del agua golpeando el techo ahoga cualquier otro sonido. El agua nos cae con fuerza, tapando la visibilidad de las ventanas y del parabrisas, no vemos el murallón, no vemos el barranco, no vemos el camino. Tres segundos bajo el agua son suficientes para inmovilizarnos y el miedo entra por las ventilaciones, seguido por el agua que entra por los pedales e invade el espacio seco y seguro en el que nos encontramos. La Tucson no reacciona, no avanza, se nos apaga y pienso que nunca antes le había tenido miedo a una cascada, hasta ahora que nos caía encima y nos atrapaba. La Tucson enciende y entre gritos nerviosos le indicamos a Tito que retroceda, que se pegue al muro, pero no podemos retroceder más sin chocarlo y de repente estamos atrapados entre el muro atrás y La Cascada adelante. Luego de unas maniobras nerviosas logramos separarnos del muro y retroceder y el Camino de la Muerte nos sonríe burlesco.

La lluvia continúa con fuerza, quizás sería buena idea esperar a que deje de llover, quizás La Cascada se calma, quizás… tratemos de nuevo.

Tito acelera y la Tucson avanza directamente hacia el centro de La Cascada. El ruido del agua golpeando el techo ahoga cualquier otro sonido. El agua nos cae con fuerza, tapando la visibilidad de las ventanas y del parabrisas, pero Tito continúa acelerando y en cinco segundos la Tucson atraviesa sin caerse, sin chocar y a salvo. Un grito colectivo de celebración sale de nuestros estómagos e invade de risas, aplausos y suspiros de alivio por haber superado la prueba.

3. El sol.

Jason hace una plegaria. Agradecido de estar a salvo, le pide al Dios de las Aves (God’s Bird) que ahora nos permita encontrar a las aves de Bolivia. Hasta el momento, la neblina y la lluvia no nos han permitido tener encuentros con ellas y ya las extrañamos y sabemos que nos esperan porque en Bolivia hay más de 1.300 especies. La lluvia se disipa, la neblina toma forma de pequeñas nubes escalando los bosques y el cielo comienza a abrirse. El frío da paso al calor y empezamos a escuchar los cantos de las aves que descansaban, refugiadas de la lluvia, a nuestro alrededor. Picaflores y pequeños pájaros fueron los primeros en dejarse ver. Cada cierto tanto, deteníamos el auto y los chicos avanzaban caminando. Yo estaba acargo de acercar el auto cuando ya habían avanzado en silencio para no asustar a las aves.

De repente, entremedio de la selva, un punto rojo en medio del verde me hace gritar “Stooop!”. Una gallina de las rocas, con su pelaje rojo brillante nos observa en calma desde su árbol. Se acomoda, se mueve entre las ramas como preguntándonos – “te gusta acá, o prefieres aquí”, posera y coqueta, fue la primera en conquistarnos y se transformó oficialmente en el mejor premio a un día de aventura.

Continuamos el camino hasta llegar a Coroico, un pequeño pueblo empedrado, en la cima de la montaña. Ya oscurece y la neblina a vuelto a taparnos la vista. En la plaza encontramos un hostal muy barato (30 bolivianos: 3.000 pesos chilenos) por persona. Es una pieza para cuatro, con colchones de espuma, ducha fría y ratoncitos de mascotas, pero nada de eso importa, nada de eso es muy relevante, porque la memoria es selectiva y solo permanecerán los momentos vibrantes en los que nos sentimos vivos, los gritos de celebración, las sonrisas compartidas, los paisajes que nos robaron el aliento y que nos hicieron estar agradecidos por cada minuto de la aventura.

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