Explorando el valle Exploradores

Estación 1: La Nutria

El sol entra suavemente por el espacio libre de la ventana y me toca la cara. Despierto, corro la cortina y el sol se apodera del espacio. Abrimos las ventanas, la brisa glaciar nos despereza. Asomo la cabeza hacia afuera y a unos metros, dos mochileros salen de su carpa. Al igual que nosotros, eligieron un patio gratuito a orillas del lago General Carrera. Nos saludamos con un pequeño gesto como diciendo “buena, también la hiciste”.

Partimos el día. Estamos cerca del poblado de Puerto Río Tranquilo y nos turnamos para usar el baño de una bencinera, la única bencinera desde Coyhaique, 217 kilómetros al norte.

El pueblo está despierto y los colores flúor de las poleras de los visitantes desbalancean los tres colores que predominan en el paisaje: Verde frondoso, Azul turquesa, gris rocoso.

El plan de hoy es visitar a Ricardo, quién emigró a este lugar y junto a su familia compraron un terreno a 20 kms de Puerto Río Tranquilo en el camino Los Exploradores. Ahí construyeron su casa y la cafetería “La Nutria” donde trabajan todos juntos. De pura sincronía nos encontramos con él en el pueblo y nos invita a quedarnos en su terreno. Lo seguimos por un camino angosto que se interna entre las montañas desde las que cuelgan los glaciares que enfrían el ambiente. Ricardo es un viajero también. Ha recorrido en moto casi toda la patagonia. Disfruta tanto la vida “overlander” que decidió armar un camping / estacionamiento para viajeros por tierra a largo aliento. En moto, motorhome, jeeps o kombis. El lugar es genial y es la primera vez que nos encontramos con un camping que piensa en nuestros hogares móviles.

Con Ricardo y su familia compartimos días hogareños. Ñoquis, empanadas y asados de cordero fueron algunas de las comidas que nos congregaron en medio de un valle cruzado por ríos y cascadas, al centro de las montañas y sus hielos.

¿Quieren otra sincronía? Cuando estuvimos en Coyhaique, Cristián de Explorando Patagonia nos invitó a hacer un tour por la Laguna San Rafael y sin tener idea, Cristián y Ricardo eran vecinos.

Estación 2: Exploración a la Laguna San Rafael

Son las 6.20 am. Nos levantamos con energía y ansiosos quitamos la condensación de las ventanas, calentamos el motor y partimos hacia el río Exploradores, el punto de partida al día que nos espera.

Avanzamos 50 kms eligiendo los paisajes sobre los que posar la mirada. Bosques, ríos, lagos, montañas, hielos, glaciares, saltos de agua y cascadas. 50 kms donde se resume la magia de la Patagonia viva. Llegamos al fin del camino y nos preparamos un desayuno. Nos espera un camino largo aún.

Nos despedimos de Amunche y nos preparamos para cruzar el río en unos sodiacs acostumbrados a avanzar contra la corriente. Al otro lado, un minibus nos lleva entre la vegetación hasta alcanzar el mar de los fiordos.

La navegación es tranquila, el viento frío nos enrojece la cara. Por 5 horas nos dedicamos a fotografiar, observar y apreciar el paisaje y con eso nos quedamos atontados analizando cómo fue que llegamos acá. Desde niña, desde que mis abuelas tomaron un crucero hasta esta laguna, yo había soñado con ver esos hielos eternos chocar con el mar. Desde esa época pensaba que sería algo imposible de hacer. Conocía la lejanía, lo inhóspito del lugar y los precios que sobrepasan lo que yo podría pagar y con eso terminaba descartándolo de los planes, quizás cuando sea vieja, decía.

Pero aquí estábamos, la vida nos había puesto en movimiento, nos puso frente a la oportunidad precisa y sólo tuvimos que decir que sí. En esas 5 horas de viaje, me sentí la mujer más afortunada del mundo.

Nuestra embarcación navega por los fiordos, bandadas de cormoranes imperiales avanzan a nuestro lado, mientras  las nubes amenazan con bajar y taparnos la vista. A medida que nos acercamos nos rodean hielos flotantes que nos dan la bienvenida.

Sentimos el frío cada vez más cerca y detrás de un monte de tierra y árboles, aparece frente a nosotros, el glaciar San Rafael.

Los témpanos de hielo se vuelven más grandes y más azules. Un azul brillante que nunca antes había visto. Flotan tranquilos, casi melancólicos y ese sentimiento se adueña de mi. Disfruto las formas, los tonos y los tamaños, pero también me apena el espectáculo. Esos hielos enormes de agua dulce serán devorados, diluidos, por el agua del mar. Cada hielo flotante es un testigo, una evidencia del calentamiento que nos tiene en alerta.

La inestable fragilidad del glaciar es un show que nos roba el aliento. Un monstruo gigante que agoniza a cámara lenta. Nos quedamos frente a él flotando en silencio, hasta que el glaciar decide mostrarnos su cara más dolorosa. Un pedazo enorme, 5 o 6 veces más grande que nuestra embarcación decide soltarse del macizo y lanzarse al vacío. Lo vemos separarse, ladearse, hundirse y desaparecer para luego emerger del agua salada, independizándose, lanzándose a la aventura de descubrir el mar.

Aún retumban en mis oídos, los ecos que esa caída dejó en el aire. Los obturadores de los 20 pasajeros tratando de inmortalizar algo que frente a nosotros se deshace.

Puedes ver el video de nuestro paso por la Laguna San Rafael aquí:

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