Kombitrip por Chiloé #1

Bienvenidos a  Chiloé

Llegamos a Puerto Montt un día feriado. Ya no recuerdo que feriado era pero las calles estaban vacías, los negocios cerrados y la kombi podía pasearse por los recovecos con una libertad inimaginada para la gran ciudad del sur.

Nos estacionamos ilegalmente en la escultura de “Sentado frente al Mar” para esperar a Juan Pablo. A través de instagram habíamos conocido LEMU Handmade, el emprendimiento que tiene con su esposa Ariela y estábamos ahí listos para conocer todos los detalles de su historia, detalles que ya les vamos a contar.

Al día siguiente nos fuimos directo a cruzar el canal de Chacao y en unos minutos ya estábamos instalados, almorzando en la costanera de Ancud, la puerta de entrada a la isla Grande de Chiloé.

Continuamos por la costa oeste hasta llegar a la playa Lechagua, playa que por el clima y por la fecha era completamente para nosotros, a excepción de un par de futuros conductores que venían a entrenar sus habilidades automovilísticas sobre la arena dura y compacta.

Estacionamos la kombi sobre la arena, con las puertas laterales mirando hacia el mar y mientras Jupa se iba a capturar el tiempo en el movimiento de las nubes y el atardecer, yo me quedé en el refugio, tomándome un té con los pies en la arena húmeda, contemplando, dejando que mi vista se perdiera en el horizonte.

Decidimos pasar la noche sobre la arena y con eso comenzamos el ritual interno de transformar el living en dormitorio. Guardar los computadores, sacar la mesa, guardarla en el techo, guardar la loza, cerrar la cortina, mover las cosas hacia los asientos delanteros, lavarse los dientes, ponerse el pijama, poner los seguros y a dormir.

Pero no podíamos dormir. Cada treinta minutos Jupa se asomaba por la ventana para cerciorarse de que el mar seguía estando allá lejos, pero cada vez, daba la sensación de que estaba un poco más cerca. A las 12 de la noche decidimos renunciar a la idea de dormir sobre esa arena compacta (por algo estará tan compacta) y en pijama movemos la casa hacia un lugar nuevo, donde el agua no nos alcance.

El día nos recibe con un sol enorme que aprovechamos para serpentear por los caminos, bordeando humedales y campos, con vista a la costa, cada vez desde más alto. La piedra Run, un islote solitario en la playa Brava, nos da la bienvenida al Monumento Nacional Islotes de Piñihuil. Desde el mirador vemos el mar peinándose con las oleadas de viento y el acantilado cubierto de nalcas y lumas parece estar inmóvil, como recién despertando. Lo que más queda grabada en la mente es la sorpresa. Encontrarnos con un paisaje que no esperábamos, superando cualquier expectativa, se siente como un regalo y últimamente la vida nos ha dado un montón de regalos porque avanzamos sin ninguna expectativa. Vamos despiertos, atentos a lo que la ruta ofrece y todo sigue pareciendo nuevo.

Seguimos serpenteando por el camino hasta que este desaparece en una playa de arena compactada. Cruzamos la playa en Amunche y esa imagen que no esperábamos ver nunca más, se vuelve a repetir. La kombi es capaz de pisar la espuma y continuar invicta bordeando el límite del agua con completa libertad.

Recién son las 10 de la mañana, tenemos todo el día en este pequeño pedazo de paraíso. Nos pasamos la tarde recorriendo la playa, subiendo el cerro, leyendo, escribiendo y hasta trabajando. Cuando sale el sol, decido salir a explorar bordeando los límites de la playa. Llego a la desembocadura de un pequeño río y es necesario sacarme las zapatillas y subirme el pantalón para poder cruzar. Al otro lado, detrás de unas rocas y entre una pared de nalcas, una playa paradisiaca me da la bienvenida. Es pequeña, la arena no tiene huellas de otras pisadas y una roca completamente lisa se transforma en mi reposera. No doy más de felicidad al saber que por el día ese espacio es completamente mío. Me siento y reclino, me paro, corro al agua y vuelvo, busco a Jupa con la mirada, pero no es posible verlo. Vuelvo a mi reposera y de repente, las nubes lejanas nos traen la tan ansiada lluvia de sur, esa que nos venía esquivando desde hace semanas.

Cuando llueve, Amunche se transforma en el mejor refugio del mundo. En esos momentos somos conscientes de que todo lo que necesitamos para vivir está ahí dentro entre sus cajones de madera. Reconocemos que la vida es simple y plena y que un momento de felicidad está contenido en ese instante en el que podemos sentarnos en silencio a mirar como las gotas de lluvia recorren lentamente las ventanas de nuestra casa.

Costumbres de Rilán

Los “tic lip tip lip” de la lluvia golpeando el techo nos acompañaron durante toda la noche y la nueva mañana. Decidimos avanzar, buscar un lugar donde el cielo tenga ganas de despejarse pronto para salir a recorrer con libertad. Amunche avanza decidida por el pavimento en dirección a Dalcahue, uno de los tantos puertos de la Isla Grande. Hemos dejado atrás la lluvia y nos damos unas horas para recorrer su iglesia, la cocinería, su feria artesanal y sus calles, evaluamos sus estacionamientos y decidimos continuar el viaje hacia nuestro destino de fin de semana: Rilán.

El domingo sería la feria costumbrista de Rilán, y nosotros, en la mitad del viernes, teníamos tiempo de sobra para conocer un poco más la isla, pero la lluvia nos obligaba a avanzar buscando un lugar seguro donde pasar la noche. Escalamos por la ruta, atentos a las salidas, a las iglesias, a las ovejas que adornan los cerros y sin darnos cuenta, llegamos a Rilán dos días antes de lo pensado, pero Rilán provee y en una de sus calles encontramos un rinconcito perfecto en medio de un bosque donde Amunche se siente lo suficientemente cómoda para estirarse.

Cerramos todo para evitar los mosquitos y luego volvemos a abrir las puertas para escuchar a las ranas (o sapitos) cantarle a la noche.

Frente a la plaza conocemos a una familia de artesanos que trabajan con tejas de madera y con lana natural mientras su hija parece ser la niña más despierta de la faz de la tierra. Nos habla de los animales que ha visto en su playa, de cómo defendería a sus perros si es que otro perro quisiera hacerles daño y de lo lindo que es cuando aparecen los zorzales en su patio. Luego de compartir un té, galletas e historias, nos instalamos afuera de su taller a hacer “hora” y de repente aparece la Carmencha, la kombi de Sebastián de Fotografiando el mundo y damos oficialmente inicio al kombitrip por Chiloé.

Con el Seba nos habíamos encontrado dos veces antes. La primera en el embarcadero de Villarica, la segunda en los estacionamientos de Frutillar y la tercera es la vencida. Decidimos buscar un lugar donde pasar la noche cómodos para esperar la feria del día siguiente que sería en la cancha… obvio! Tratemos allá! Llegamos a un terreno pastado amplio con cero inclinación, baño y agua, un resort para las kombis. En los puestos la gente ya se prepara para la gran fiesta. Los recorremos curiosos mientras faenan uno por uno los cerdos de una camioneta, mientras pelan más de 80 kilos de papas, cocinan la grasa y amasan las masas.

Nos pasamos la tarde compartiendo experiencias, jugando cartas, armando una pequeña comunidad entre Amunche y la Carmencha. Al día siguiente la fiesta parte temprano. La cancha, ese espacio vacío que había sido solo para nosotros el día anterior, se llena de autos y turistas de todas partes de la isla que vienen a comer, comer y comer.

Nosotros tomamos chicha, comemos empanadas y un asado chilote de cordero para chuparse los dedos. La tarde nos regalonea con un sol hermoso, música típica y repito, mucha comida.

Sigue leyendo la segunda parte de esta historia

“Kombitrip por Chiloé #2”

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