Kombitrip por Chiloé #2

Lee la primera parte de esta historia

“Kombitrip por Chiloé #1”


Lemuy, una isla de otra isla

De Rilán nos vamos a Castro y de Castro a Chonchi, el pueblo de tres pisos que parece estar disfrutando la siesta del domingo. Nos instalamos en un terrenito frente a la costanera y tiramos la talla, todos juntos dentro de Amunche. La mañana nos sorprende con un sol gigante que se refleja sobre el mar inmóvil y entra con furia por nuestras ventanas.

Vamos siguiendo a la Carmencha hasta llegar al embarcadero que nos cruzará a la Isla Lemuy. No tenemos idea de que es lo que nos espera al otro lado, pero no es necesario saber. Vamos felices y acompañados subiendo y bajando las colinas de la isla. Una iglesia de madera nos recibe en Ichuac y luego en la plaza de Puqueldón conocemos a Paula, parvularia que sigue el viaje del Seba y nos invita a su casa en la tarde. Quedamos en juntarnos al día siguiente luego de recorrer la isla hasta Detif, el punto final del camino. Para llegar a ese punto, la isla se angosta tanto que es posible ver el mar a ambos lados del camino, una imagen tan surreal que nos sorprende y nos obliga a parar a almorzar en ese punto para disfrutar un poco más de la vista.

En Detif nos encontramos con una iglesia y una playa enorme de piedras pulidas por los años. Queremos llegar al final del camino pensando que allá encontraremos un lugar donde pasar la noche. Lo único que encontramos es el camping el Mirador. Luego de conversar con la dueña y contarle nuestros viajes, nos invita a quedarnos una noche en el patio para disfrutar de una vista envidiable. Desde ese punto en la isla, podemos ver las islas Desertores y al otro lado del mar, la cordillera se alza maravillosa en el continente. Recorremos con la vista todo el camino que nos queda por delante, la carretera austral debe estar entre esas montañas.

Nos quedamos viendo el atardecer y en la mañana nos levantamos a ver el amanecer. El frío cala hondo, pero es un pequeño precio que estamos dispuestos a pagar para grabar ese recuerdo en nuestras mentes.

En la tarde volvemos a Puqueldón a la casa de Paula, que nos recibe con mis canciones favoritas de Drexler, ducha, conversaciones, risas y una once con té y palta transformándose inmediatamente en una amiga. Las kombis arman campamento en su patio y nos preparamos para seguir el roadtrip hasta Queilén, el punto más al sur que recorreremos en Chiloé.

Fuimos niños en Queilén

En Queilén nos espera Jessica y Jorge de Quilún Ecoturismo Marino. Vamos medios preocupados porque está lloviendo todo el camino hacia el sur y es probable que con esa lluvia no podamos salir a navegar con los chicos. Al llegar Jessica nos recibe y nos tranquiliza, podremos conocer su emprendimiento y navegar en búsqueda de delfines y pingüinos por los islotes de Queilén ahora que la lluvia a cesado.

Partimos la navegación ansiosos mientras Jorge nos cuenta como es el ecosistema marino que visitaremos. Jessica nos mete más ansiedad “los delfines sienten la vibra del grupo, si es un grupo con buenas vibras se acercan a jugar, sino prefieren alejarse” y yo lo único que pienso es “soy buena onda delfín, te juro que soy buena onda y tengo tantas ganas de conocerte” Repito esa frase en mi cabeza como si fuera un mantra y me preparo, sé que recibieron el mensaje… ¿y si no?

Al rato un brazo se levanta apuntando al oeste y ahí aparecen las primeras dos aletas que nos cortan la respiración. Son delfines chilenos, grises y elegantes que nos saludan educadamente a la distancia. Quedamos emocionados! Esos eran los más difíciles de encontrarse y partimos bien. Repito el mantra de la buena onda en mi cabeza. Y a los minutos una familia enorme de delfines magallánicos se acerca a la barcaza que Jorge construyó y juguetean en la popa siguiéndonos de cerca, saltando y recogiendo gritos de alegría y sonrisas de los tripulantes. El baile entre la barcaza y los delfines dura casi 15 minutos, entre ir y venir, ausencias y bienvenidas, silencios y gritos.

Continuamos navegando hacia el islote El Conejo, un lugar donde una colonia de pingüinos magallánicos ha hecho su hogar. Entre pelícanos, cormoranes y gaviotines australes los pingüinos se camuflan tranquilos, como uno más del vecindario. Rodeamos la isla lentamente para disfrutar esa rutina tan desconocida para nosotros.

Luego de una hora de navegación Jessica y Jorge nos tienen preparada una degustación de mariscos y la mesa se transforma rápidamente en un restaurant exquisito que ofrece almejas, choritos y cholgas con una copa de vino blanco para cada uno… ¿es que acaso esto podría ser mejor? Si, si podría, porque justo antes de comer, una nueva familia de delfines se acercan a la barcaza, lanzando agua con sus colas, nadando a nuestro lado, saltando en la popa, todo un show que nos vuelve a transformar en niños.

La experiencia fue hermosa, tanto así que no podíamos dar más abrazos sin parecer raros. Agradecíamos la invitación pero más aún el hecho de que Jessica y Jorge pasen sus días trabajando por un turismo sustentable en una zona tan desconocida para los turistas acostumbrados al centro de la isla.

El isleño de Huillinco y el Muelle de las Almas

Si el camino de ida a Queilén fue lluvia, el camino de vuelta fue todo lo contrario. El sol de la tarde cubría todas las praderas y realzaba los colores de las hojas y la tierra mojada. A lo lejos las nubes antes grises avanzan rápidamente hacia el continente.

Denisse, una amiga de Santiago, nos habla del Jano, un isleño apasionado por su tierra que junto a sus padres tiene un camping en Huillinco, justo antes de nuestro destino, Cucao. Agradecemos la linda coincidencia de estar en dirección a conocerlo. A pocos metros de llegar a Huillinco, un mochilero cargado hasta los dientes nos hace dedo. Nos disculpamos con señas, como si entendiera que vamos “aquí no más”. Mientras esperamos que Jano nos devuelva la llamada recién hecha, el mochilero nos alcanza y nos saluda “Daniela? Soy el Jano”.

El Jano viene cargando su mochila, ollas e implementos de cocina. Nos cuenta que se dedica a hacer asados chilotes de cordero a domicilio y que anoche tuvo un evento. Nos muestra el “Fogón y camping Huillinco” y nos maravillamos con la vista que tiene del lago. Amunche y Carmencha celebran en silencio la suerte de haber encontrado un lugar así para dormir.

-¿Les tinca hacer un asado?- nos pregunta el Jano y es imposible ocultar nuestras caras de felicidad. Ayudamos con las ensaladas y el Seba ayuda al Jano girando el cordero sobre el fogón. El Jano nos habla de la diferencia entre un asado chilote y uno patagón. Mientras que el isleño gira la carne sobre las brasas por 3 horas, el patagón deja al cordero parado a un costado del fuego por 6.

Pasado el tiempo, el Jano nos sirve una copa de vino obligatoria para procesar la grasa de la carne y comenzamos el banquete. Al cabo de unas horas, volvemos a la kombi satisfechos y agradecidos de la hospitalidad del Jano y su familia que nos tenían ahí tan regaloneados.

Camino a Cucao se va bordeando el lago Huillinco, que a ratos parece lago, a ratos río, hasta desembocar en el mar. Al llegar a la costa tomamos el camino a la izquierda que nos conduce al Muelle de las Almas, un homenaje a las tradiciones de la isla sobre la vida y la muerte. Avanzamos por un camino de tierra y pagamos la entrada de 1.500 pesos por persona. Continuamos 15 kilómetros hasta llegar al fin del camino y el inicio a la caminata hasta el Muelle, pero nos topamos con la sorpresa de que la única forma de estacionar es pagando 2.000 por auto, sin que nadie nos hubiera hablado de este cobro extra. Nos revelamos. Estacionamos afuera, a orillas del camino peatonal porque pagar un precio injusto solo potencia la injusticia.

A medida que avanzamos por el sendero, vamos dejando atrás el mal rato y luego de 40 minutos de caminata, llegamos. Desde la altura, tenemos una vista impresionante de toda la costa. El muelle nos invita a contemplar en silencio, a caminar por sus maderas en dirección al cielo. La leyenda chilota cuenta que al morir, el alma chilota debe caminar hasta el final de la cordillera de Piñihuil y desde el acantilado pedir a gritos al balsero. Él llegará en una balsa de espuma blanca sobre el mar y el chilote debe lanzarse al vacío, confiando en que el balsero lo recibirá y ayudará a cruzar al otro lado para volver a ser parte del alma universal.

Mientras descansamos sobre el pasto conocemos a la Ale, una mujer con la energía de 20. Nos cuenta que llegó desde Santiago a instalarse en Castro y que fue la mejor idea de su vida. Ama la isla y cuando nos toca contarles que estamos viajando por Chile nos invita a pasar a su casa. En ese momento no sabíamos que horas más tarde estaríamos durmiendo en su casa, y que al día siguiente ella lideraría la búsqueda de un cerrajero por la ciudad. De volá, había ido a la kombi a buscar ropa limpia y al salir dejé las llaves dentro. Oficialmente nos habíamos transformado en “homeless”, personas sin hogar. Gracias a la Ale, el tema se resolvió rápido y nuestro paso por Chiloé se transformó en un viaje inolvidable, no sólo por sus paisajes, sino que principalmente por su gente.

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