La aventura de cruzar la carretera austral en kombi (I)

La región de Aysén ha sido históricamente la más aislada del país. Su geografía repartida entre lagos, ríos, fiordos, montañas y acantilados la convierten en la ruta más complicada de Chile, tanto que su construcción sólo fue iniciada cuando las alertas de guerra con nuestro vecino trasandino se activaron en la década del 70.

Antes de ese hito, las comunidades, estancias y pequeños pueblos solo tenían acceso vía marítima, en pequeñas avionetas o cruzando algunos tramos por Argentina. Pensar en conectar la región por una ruta terrestre fue un desafío que hoy agradecemos, venga de quién venga.

Llueve en Puerto Montt y las gotas gruesas entran por nuestro parabrisas (el que cambiamos en Concepción luego de que una piedra lo trizara). La salida se posterga, la casa se nos llueve. Trato de contener la lluvia con paños que instantáneamente chorrean lluvia por dentro. Nos refugiamos en un estacionamiento techado y mientras yo seco el agua, Jupa sella con silicona los bordes.

La espera se hace eterna. Pasamos las 4 horas de secado en un estacionamiento atochado, respirando dióxido de los autos que entran y salen con las últimas compras de navidad. Ni siquiera podemos salir a caminar fuera de la cueva. Jupa está con lumbago. Ayer cambiamos dos de las tres espumas de nuestra cama y nuestra espalda durmió hundida en el desnivel de la tacañería.

Esta no es la forma de comenzar la aventura, pienso. O será que sí? La aventura está en la incomodidad, en la precariedad de las goteras, en la espalda agarrotada? La situación actual modifica los planes. Pensábamos atravesar el seno de Reloncaví, pasando por Puelo y Cochamó hasta llegar a Hornopirén por tierra, pero nada de eso tiene sentido si el cuerpo de Jupa no puede moverse ni explorar.

Recuerdo un mensaje vía instagram que recibimos en Chiloé, una invitación a conocer un hostal en Lenca, pero por más que trato contactarlos de vuelta, no lo logro. Como paracaídas llegamos a tocar la puerta, sin saber que decir exactamente, pero con el deseo intenso de que nos dejen refugiarnos de la lluvia y del dolor.

Fernando nos recibe en el frontis del “Hostal Campo Santy”, no tiene idea de que es instagram por lo que tiene que haber sido su hijo el que nos escribió, que él está en Santiago, que lo va a llamar para contarle que estamos ahí… que nos quedemos, que aprovechemos de descansar frente a la salamandra eterna de las casas del sur. Sin conocernos, Fernando nos presta una de las piezas del hostal, nos muestra el campo, nos da comida, nos cuenta historias y nos hacemos compañía. Al día siguiente tiene que salir temprano a trabajar, -pero no se preocupen, están en su casa-.

¿Pasarían estos milagros si no estuviéramos viajando como lo hacemos? Fernando nos deja solos en su casa, con sus cosas, con su intimidad y nosotros nos sentimos privilegiados y agradecidos de estar ahí. La espalda de Jupa descansa, yo salgo a recorrer, a jugar con Cholo, el border Collie de la casa.

Fernando llega tarde, luego de un largo viaje por Chiloé. Nos tomamos una cerveza juntos y le contamos que no nos iremos a acostar aún, que a las 12, Jupa cumple un año más. -¿pero cómo no dijeron antes?- y se moviliza para traernos piscolas y papas fritas para picar. Nos quedamos los tres cerca del fuego, contándonos historias, hasta que el reloj anuncia que es el momento de repartir abrazos. Esta era la primera fecha importante que pasaríamos solos, en viaje, pero el abrazo de Fernando hizo que no estuviéramos tan solos después de todo.

Al día siguiente, descansados y agradecidos emprendemos oficialmente el viaje a la carretera austral. Llegamos a Caleta Arena y el transbordador casi vacío nos lleva en 40 minutos a Caleta Puelche. Recorremos los primeros kilómetros de ripio, entusiasmados, felices, como si este fuera el primer viaje de todos. Llegamos a Hornopirén, un pueblo pesquero en el que decidimos celebrar el cumpleaños de Jupa y Navidad (sí, Jupa nació el 24 de diciembre).

Nos instalamos en el estacionamiento de la costanera, frente a nosotros el mar avanza y retrocede dos veces al día, cambiando todo el paisaje. Recorremos nuestro patio, Jupa se entretiene fotografiando aves y yo vuelvo a la kombi para planear la cena navideña. Normalmente en mi casa estaríamos comiendo pavo y papas duquesas, pero esta noche el menú lo elegimos nosotros. Nos preparamos unas exquisitas hamburguesas con queso cheddar y papas fritas, en el mejor restaurant de la costanera de Hornopirén, “Amunche Gourmet”.

Nuestra navidad fue íntima, simple y llena de amor. Nuestras familias nos mandaron videos, audios y fotos para que nos sintiéramos parte de sus celebraciones. Estar de viaje no es estar ausente, es estar, a pesar de las distancias.

Uno de los regalos de navidad más importantes que recibimos fue el que nos dio la Naviera Austral. Cuando estuvimos en Puerto Montt y conocieron nuestra travesía, quisieron ser parte y nos ofrecieron el viaje en transbordador desde Hornopirén hasta Caleta Gonzalo!

Parecíamos niños recorriendo el barco, probando los asientos de la cafetería, subiendo al tercer piso para tener la vista completa de los fiordos, bajando a Amunche por un té y comida. La navegación fue tranquila y las siete horas avanzaron a un ritmo pausado que invitaba a disfrutar el paisaje, buscando cascadas en los cerros y pingüinos nadando en el mar.

Al llegar a tierra firme, dejamos que nos adelanten todos los autos con sus apuros y nubes de polvo y nos aseguramos de ser los últimos en el camino, con la libertad de parar de tanto en tanto en el camino que cruza el sector norte del Parque Pumalín. Mientras avanzamos por un pasillo de nalcas, sopesamos lo que está pasando. Hace menos de una semana, el creador y fundador del parque, Douglas Tompkins perdió la vida en una travesía en Kayak cerca de Coyhaique. No habría tenido la oportunidad de agradecerle por dedicar su tiempo y vida a defender lo que tantos han querido destruir. Pero mientras avanzábamos entre alerces y helechos le agradecí en silencio, segura de que estaría escuchándome detrás de alguna nalca gigante.

El bosque nos invita a explorar. Decidimos recorrer un pequeño sendero hacia el Lago Negro y nos internamos entre nalcas, helechos, musgos y una infinidad de vegetación que a pesar de nuestro interés, no somos capaces de identificar. Avanzamos lento, hasta que el canto del dueño del bosque nos frena en seco. Un chucao corretea entre los musgos, escuchamos sus pasos de cerca. En este momento no lo sabemos, pero este será el primer encuentro entre un Chucao y nosotros, de muchos más que nos esperan hacia el sur.

Contemplamos el Lago Negro, disfrutamos del silencio hasta que las primeras gotas comienzan a resonar en las hojas, obligándonos a volver al refugio. La lluvia cambia el paisaje completamente y decidimos detenernos a pasar la noche antes de que oscurezca. Instalamos la kombi en un estacionamiento frente al Lago Blanco, preparamos nuestra once y desde la ventana escuchamos a miles de ranas croar.

Las gotas gruesas de lluvia golpeando el techo de Amunche nos despiertan. Avanzamos zigzagueando el camino, maravillados de lo que el día tiene para entregarnos. Luego de un rato llegamos a Chaitén, el pueblo que corre a media máquina luego de la erupción del volcán Chaitén. Las calles son extrañamente anchas y a ratos vacías. Nos instalamos en la plaza de armas a almorzar. Pedimos baño en carabineros y salimos a recorrer. La lluvia mantiene a los pocos habitantes que quedan, escondidos en sus casas y trabajos. No hay mucho que hacer con la lluvia que nos invade por lo que decidimos instalarnos en un sitio de picnic que vimos al pasar. Con el toldo armado y las puertas abiertas, nos refugiamos en nuestro hogar. El agua acumulada en el toldo cae en un chorrito a nuestra batea plástica y oficialmente nos transformamos en recolectores de agua-lluvia. La tierra provee.

Cuando la lluvia para, recorremos el patio nuevo. En la playa de rocas gruesas y lisas, una familia de cisnes de cuello negro juguetea en la orilla. Un grupo de toninas nos sorprende cuando aparecen a solo metros de donde estamos. Son estos pequeños momentos los que me hacen sentir plena y agradecida, y debo admitir que nunca antes en mi vida había dado tanto las gracias como en estos meses de viaje.

No nos podemos ir de Chaitén. Estamos esperando que llegue una encomienda con el regalo de cumpleaños de Jupa. Mientras esperamos, Juan Pablo y su polola nos reciben en su casa con almuerzo y ducha. En la tarde salimos a recorrer el sector del pueblo que aún conserva las casas destruidas que el río de cenizas y escombros que dividió la ciudad en dos. Nos cuentan que el proceso de reconstrucción ha sido lento. El plan de gobierno era mover al pueblo a una nueva localidad, Santa Bárbara y desde ahí reconstruir las casas perdidas, pero la gente no quería abandonar sus casas por lo que pasaron muchos meses antes de que el gobierno se convenciera de que sería imposible hacerlos cambiar de opinión. Hoy vive menos de la mitad de la población que había antes del desastre, y un gran porcentaje de ellos vive al otro lado del río, con servicios básicos esporádicos.

Nos despedimos de los chicos, con juguete nuevo en mano (un extender para sacar mejores fotos de fauna y cajaritos) y continuamos hacia el sector sur del Parque Pumalín en El Amarillo. Tompkins ayudó a los habitantes del pueblo a “embellecer” sus fachadas y hoy el pueblo El Amarillo es un lugar hermoso para abastecerse antes de pasar algunos días en el parque.

En el parque no se paga entrada (ni el sector norte ni sur) pero si se paga por los sitios de camping. Como nosotros llegamos antes de la temporada alta, no se está cobrando, así que pasamos los últimos días del año 2015 entre las maravillas del parque. El primer día vemos bandurrias y zorros, golondrinas vueltas locas por todos lados, mirlos, tordos, colibríes y chucaos y tirados en el pasto no puedo más de la felicidad. La energía del lugar me invade y no puedo evitar hacer un bailecito de alegría.

En el “camping grande”, uno de los sitios habilitados para acampar, conocemos a dos parejas de viajeros y compartimos la noche en uno de los quinchos del camping, entre piscolas, historias y muchas risas. Todos teníamos como plan ir a las Termas El Amarillo y decidimos ir todos juntos al día siguiente a hacer un asado en las termas (está prohibido hacer fogatas o parrillas en el parque Pumalín).

Las termas están a pocos kilómetros del parque y la entrada es de $3.500 pesos por persona, las termas más económicas que hemos encontrado. El día está caluroso y los tábanos no nos quieren dar tregua. Para escapar de ellos hay que meterse al agua, pero no elegimos el mejor día para estar en aguas calientes. Duramos menos de una hora en el agua hasta que el calor nos expulsa en busca de sombra. Entre todos preparamos el asado (eso si, Andrea fue la parrillera) y pasamos la tarde con chelas en mano, envueltos en toallas pegándonos cachetazos al cuerpo con la intención de evitar el dolor de la mordida de los tábanos. Comemos a destajo, pero es imposible comerse todo lo que hay. Los chicos deciden dejarle la comida sobrante a “los hippies de la kombi” para que tengamos una cena de año nuevo un poco más contundente.

El día pasa lento y relajado, sentados a orillas de la piscina termal hasta que decidimos volver a Pumalín. Nos despedimos de los chicos esa noche, unos volverían a Santiago, otros seguirían rumbo a Aysén, nosotros subiríamos al sector de camping “El Ventisquero” el último camping del parque.

Atravesamos bosques hermosos, troncos adornados con enredaderas de flores rojas, tórtolas guiándonos el camino. En el camping, cada sitio tiene su propio quincho y estacionamiento y los baños son de lujo (sólo agua fría, no alucinen). Es el último día del año y hay que sacarle provecho. Decidimos hacer el primer tramo de trekking al Ventisquero el Amarillo en bicicleta y una vez pasado lo plano, seguir a pie.

-Dale, tírate Dani!- Me dice Jupa entusiasmado al dejarse caer por 4 escalones de una pequeña escalera de troncos. Yo me siento confiada y lista para partir la travesía, me pongo de pie sobre la bici pero no puedo pararme, el bolso de tela donde traigo el Ulock se me engancha en el asiento, no me puedo parar, no me puedo volver a sentar, pierdo el equilibrio y mi mano por reflejo apreta el freno y me hace caer rodando por los pequeños escalones que parecen ser más destructivos que nunca.

Moreteada en ambas piernas, el brazo izquierdo, la cadera y el autoestima, estoy en condiciones de seguir, más bien, de empezar. Cruzamos un pequeño bosque y el camino liso y plano se transforma en un desafío entre arena y piedras sueltas que no dejan avanzar a mucha velocidad.

Llegamos al borde del río, frente al ventisquero El Amarillo y nos detenemos a contemplar. Es el último día de un año lleno de aventuras y desafíos, de aprendizajes, lágrimas y porrazos. Ha sido un año donde la vida ha sido vivida intensamente, donde he vuelto a confiar en el mundo y en mi misma, donde cada día agradezco las decisiones tomadas, los abrazos dados, las risas compartidas. Ha sido sobretodo, un año lleno de amor  y si tuviera que llenarme de moretones un par de veces al año para seguir viviéndola así, lo haría de todas formas, sin dudarlo ni un solo segundo.

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comentarios :)

Join the discussion 4 Comments

  • Gustavo dijo:

    Chicos, excelente relato, muy bien escrito y vivido… yo he ido dos veces a chaitèn y sus lugares cercanos… claro que no en Kombi, es mi sueño hacerlo y les tengo una sana envidia, puesto que sè lo bello que son esos parajes. Un gran saludo y mucha suerte…

  • roberto mejias stuven dijo:

    abrazos y apapachos!

  • Tania dijo:

    El relato, las fotos… EL VIAJE!!! Todo, llena el alma, casi puedo sentir como propios esos miles de agradecimientos que describes que diste. Amo viajar, amo las Kombis y amo la libertad que ofrece la naturaleza junto a las dos anteriores. Espero algún día poder hacer un viaje tan lleno de vida como el que hacen ustedes. Un abrazo grande

  • Daniel dijo:

    Cada vez que los leo. Me motivan a seguir planeado mi “viaje al sur”.

    Un abrazo!
    Daniel

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