La aventura de cruzar la Carretera Austral en kombi (II Parte)

El primero de enero del 2016 no hubo caña ni cansancio. No nos esperaba una casa desordenada, ni un montón de loza que lavar. Ni siquiera hubo que guardar cotillón. Lo que si hubo fueron golondrinas, un sol radiante golpeando el ventisquero y una brisa fría bajando por los cerros. Ordenamos todo lo más rápido posible para partir el primero de enero en la carretera.

Nos despedimos del parque Pumalín y avanzamos por la Ruta 7 hacia el sur, pero como es año nuevo y estamos en buena onda, paramos para llevar a dos mochileros. Los chicos son de Inglaterra, pasaron el año nuevo en el parque pero un camping más abajo. Nos vamos conversando de las rutas ya hechas, de lo que pensamos que se viene, intercambiamos nombres de grupos de música latina por anglosajona y chocolates por almendras. Todo va bien hasta que el camino pavimentado se acaba.

Bordeando el lago Yelcho el camino ripiado nos tortura, ya es imposible conversar porque solo escuchamos las latas de Amunche y miles de cachivaches sonando. Pensábamos dejar a los chicos en Villa Santa Lucía, pero por la fecha no hay ningún otro auto en el camino así que decidimos continuar hasta La Junta. En el camino, cruzamos puentes mecanos sobre ríos varios mientras admiramos los ventisqueros amontonados sobre las montañas.

Luego de unas horas llegamos a la plaza de La Junta. Somos los únicos que no entienden que hoy es un día para quedarse en casa con la familia. Nos despedimos de los amigos mochileros y nos vamos a buscar un lugar donde pasar la noche. De curiosos avanzamos la ruta que nos lleva al lago Rosselot. Encontramos un camino que nos acerca al borde del lago, pero al llegar nos sorprendemos con dos familias lugareñas que han hecho de ese espacio suyo. El lugar es pequeño, pensado solo como embarcadero y Amunche simplemente no cabe. Finalmente nos instalamos en un terrenito a orilla del camino llegando a La Junta. Armamos la cama, ponemos una película en el computador y con chela en mano nos preparamos para pasar una tarde de relajo hogareño. No habíamos llegado al primer punto de giro de “The Martian” cuando escuchamos un estruendo en la calle a solo metros de nosotros. Un furgón figura atravesado en mitad de la calle con el tren delantero apuntando a cualquier parte y el parachoques desfigurado. Del furgón se baja un hombre en evidente borrachera, mira el desastre, patalea y se lamenta hasta que nos ve. Tratamos de calmarlo y un jeep se ofrece a sacarlo del camino. Luego de las maniobras, el conductor nos agradece a cada uno con una lata de cerveza Escudo – Feliz año nuevo amigos!-.

La lluvia nos despierta y no sabemos si quedarnos o avanzar. Con el cielo cerrado nos perdemos las montañas pero con la lluvia no podemos hacer mucho acá. Decidimos avanzar. Estamos rodeados de bosques y desde los cerros caen incontables cascadas que la lluvia se encarga de engrosar. Los ríos aparecen de todos los tamaños y los arbustos se ven más intensos ahora que la lluvia quitó toda la tierra que los autos levantamos al pasar. Llegamos al lago Risopatrón y en el sector norte encontramos un camping de Conaf. Elegimos un sitio y nuestros vecinos nos cuentan que el camping no está habilitado porque no hay agua y que por esa razón no están cobrando. Una maravilla! Nosotros traemos agua en Amunche por lo que no nos hacemos problema.

En vez de eso, instalamos una de las hamacas sobre la orilla y nos quedamos quietos para que cada cierto tiempo los saltos de truchas enormes nos sorprendan en la superficie. Exploramos un pequeño sendero que bordea el lago hasta llegar a uno de los ríos afluentes y Jupa aprovecha el silencio para fotografiar aves. Estamos solos y rodeados de tanto que no nos queremos ir nunca.

A ratos llueve y a ratos sale el sol y con él aprovecho de bañarme en el lago. El agua está fría pero logro acostumbrarme y ni el frío será capaz de quitarme esa sensación de libertad, de no necesitar nada más. Todo está ahí.

Pasamos dos días en nuestro rincón del Risopatrón y continuamos a Puyuhuapi, un pequeño pueblo de estilo alemán que es conocido por su fábrica de alfombras artesanales y por unas termas de lujo. Para nosotros fue un lugar para abastecernos de comida, recorrer las calles y trabajar un poco (después de muchos días, teníamos buen acceso a internet).

Al norte de Puyuhuapi está el parque Queulat conocido por su mayor atractivo “El Ventisquero Colgante”. El día está nublado, con ganas de llover por lo que entramos con los dedos cruzados, esperando que las nubes no nos tapen la vista. Caminamos uno de los senderos y luego de unos minutos llegamos al Lago Témpanos, de un color celeste lechoso, formado por las aguas de los deshielos. Al fondo, el ventisquero Colgante es la corona a un paisaje que roba el aliento. Nos quedamos unos minutos en silencio sentados en una roca, esperando que la niebla lo tape por completo. Tenemos día de sobra para aprovechar de recorrer y nos internamos en el bosque avanzando por un sendero de barro que la lluvia insiste en dificultar. Nos ponemos nuestros ponchos y continuamos, pero luego de unas horas el agua se las ingenia para invadirnos por completo. Volvemos con la ropa empapada, tratando de no mojar nada más, los cuerpos tiritando nos piden que por favor hagamos algo. Toda la ropa mojada va a una bolsa con la que tendremos que lidiar después y nos preparamos una sopa caliente.

El clima está entretenido molestándonos. Cuando terminamos la sopa, afuera brilla el sol y parece estúpido estar tan mojados cuando hay un sol de verano. Recorremos los últimos senderos antes de despedirnos del ventisquero y salimos en búsqueda de un lugar para pasar la noche. Lo encontramos pronto, a unos pocos kilómetros al sur del parque frente al mar que se mete entre los fiordos.

Ya nos acostumbramos al ripio y avanzamos hacia el sur para cruzar el portezuelo Queulat, Amunche, lenta y segura, nos lleva 17 curvas hacia arriba hasta una vista increíble. Comienza la bajada y paramos en un estacionamiento que poco informa. Sabemos que es el lugar para comenzar la caminata al bosque encantado, el sector sur del Parque Queulat y es gratuito.

La caminata comienza liviana, fresca y hermosa. El bosque está lleno de musgos y arbustos pequeños, atravesado de pequeños riachuelos que bajan de la montaña. Luego de algunos minutos comienza el ascenso. Sé que he dicho mil veces que “el paisaje era hermoso” y esa frase puede que esté perdiendo fuerza, pero es que en serio, era hermoso. No sé cómo describirlo si es que no uso esa palabra.  El recuerdo se amplifica al recordar nuestro encuentro cercano con un Chucao. Lo escuchamos y desde el celular ponemos el canto para responderle. Jupa en una esquina con la cámara, yo con el celular en la otra y el chucao nos rodea. Se acerca dando saltitos a mí, luego se aleja y llega al rincón de Jupa, así por unos minutos que parecen eternos. Me siento culpable por estar engañándolo. Me lo imagino gritando “loca, donde estás?” y el sonido del celular le responde “aquí loco, aquí”.

Seguimos avanzando entre el bosque encantado hasta llegar al río. En el fondo vemos las montañas donde el ventisquero descansa. Cruzamos el río saltando de roca en roca hasta el otro lado y avanzamos afirmándonos de rocas y raíces hasta llegar a una laguna de color turquesa con hielos eternos flotando en silencio.

La brisa fría nos calma la cara roja de esfuerzo y la vista es una sorpresa. No esperábamos encontrarnos con lo que vemos, ni siquiera sabíamos que esta laguna nos esperaba acá. No sabemos si tienen un nombre, ni cómo cambia en invierno, sólo sabíamos que era un regalo que había que disfrutar.

Así que eso hicimos. Nos sentamos, uno al lado de otro y disfrutamos.

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