Vivir viajando es algo que nos llena; ganamos experiencias, conocemos nuevas realidades, recorremos paisajes increíbles, pero al vivir viajando también hay cosas que nos duelen. Estar lejos de los amigos, perderse eventos y proceso importantes de la gente que quieres, y por sobre todo, perderse los momentos con la familia. Hay días en los que no notamos la distancia, pero hay otros en donde los kilómetros pesan y la distancia entre nosotros y ellos se agranda más de lo que nos gustaría.

Villarica fue un remedio a esa distancia, porque fue un lugar donde estuvimos rodeados de amor familiar. Luego de compartir días de ruta con Alline y Mika por la araucanía, llegamos a pasar varios días en la casa del papá de Jupa, junto a Claudia y Malu. Compartimos almuerzos y conversaciones, paseos por la costanera y chocolate caliente en el 2001, el mítico café de Villarica, donde Roberto, el papá de Jupa, es cliente frecuente.

Nos tomamos días para “hacer nada”, para ir a remar al lago, para comer pizza con amigos de la infancia y hasta pudimos asistir a la presentación del taller de danza de Claudia, un acto que llevaban preparando los últimos meses.

Fue un lugar también que me pidió una pausa. De un día para otro mi cuerpo dejó de funcionar normalmente. Con escalofríos, tercianas, fiebre y muchas cosas asquerosas que no voy a nombrar, me enfermé por primera vez en el viaje. Pasé muchos días (más de los que me habrían gustado) reposando en cama, durmiendo casi todo el día, tomando sopitas y tecitos para darle un descanso a mi estómago. Intoxicada, eso era.

Y al final, no fueron los remedios los que me mejoraron, fue una llamada por teléfono. Mis padres viajarían desde Quillota a pasar unos días de vacaciones con nosotros en Villarica. Tenía que mejorarme pronto.

Días después, ahí estaban. La camioneta de mis papás, el chaleco azul peludo de mi mamá, las poleras deportivas de mi papá. Todos esos objetos que había imaginado siempre tan lejos, estaban ahora frente a mí. Los abracé con toda la fuerza que tenía y comenzamos a planear sus días con nosotros.

Buscamos una cabaña, compramos víveres y nos fuimos a disfrutar de conversaciones, silencios, risas y retos, ahí todos juntos. Un día fuimos al volcán Villarica a tirarnos en trineo por la nieve que quedaba, otro día fuimos a meter las patas a las aguas frías del lago. Otro día fuimos a las termas en Curarrehue y otro día lo pasamos en la cabaña, comiendo y haciendo nada.

Yo no necesitaba hacer nada. Me bastaba con tenerlos ahí cerca, con vivir sus ritmos, con disfrutar de sus tonteras y cariños. Y una mañana, deshabitamos la cabaña, guardamos todo de vuelta en la camioneta y en la kombi y avanzamos en caravana los 10 kilómetros hasta el punto donde tendríamos que despedirnos, darle la bienvenida a la distancia una vez más. Mientras avanzábamos logré contener las lágrimas, pero mi mamá, en la camioneta, no lo logró. A penas la miré me puse en sintonía y nosotras, las lloronas de siempre, nos abrazamos largo y fuerte, tratando de atesorar ese abrazo en el recuerdo. Cómo su pelo me roza la frente y las lágrimas desaparecen en mi hombro. Cómo huele el chaleco azul peludo y lo pequeña que me vuelvo al sentirme entre esos brazos. Nos despedimos tristes por la distancia que se estaba metiendo entre medio, pero agradecida de todo. Del tiempo que nos regalaron, de los kilómetros que restaron para encontrarnos, de los aprendizajes y conversaciones que hoy me tenían viajando, viviendo mi sueño, atreviéndome. Porque si es que tengo que explicar de alguna forma de donde se me ocurrió la idea de vivir viajando, fue porque ella siempre me dijo ¿Por qué no?

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