La magia de las Siete Tazas

Ahora escribo en uno de mis lugares favoritos. Estoy meciéndome con el viento, dependo de dos largos árboles y sobre mí, sus ramas y troncos bailan en silencio. El otoño dejó su huella y en el suelo, las hojas de los árboles acolchan y humedecen el suelo. Sobre ellas, zorzales y mirlos buscan alimento y se acercan curiosos a Amunche, buscando alguna migaja de nuestro desayuno. Jupa anda perdido por el bosque fotografiando a pájaros carpinteros y a una bandada de cachañas que se agrupan en lo alto de los árboles que aún tienen las hojas en sus ramas.

Yo dormito, medito y agradezco.

Ayer llegamos en la tarde al camping del Parque Inglés en el Radal de las 7 tazas. Estamos en temporada baja, al parecer es martes y somos los únicos visitantes. El camino de 30 kilómetros de calamina nos recibió con badenes, barro, rocas y tierra, pero Amunche, lenta y segura logró llevarnos a lo alto, ahí donde el río Claro va dejando lagunas, pozones y cascadas. Estamos solos y tenemos ganas de interrumpir esta desconexión y ver el partido de Chile-Brasil por las clasificatorias. Al lado de nuestro camping hay una casa y me acerco a preguntar. No se pierde nada preguntando. El dueño de casa nos dice que sí, que verá el partido, que podemos verlo con él. Volvemos a la hora señalada con una botella de vino de Santa Cruz (nuestra moneda de cambio) Entramos a la casa, que nos sorprende siendo un hostal y nos instalamos en un comedor de un fanático de La Roja. La tele es enorme, hay pelotas del mundial adornando las esquinas, en las mesas hay servilletas con diseños de la bandera chilena, los parlantes gigantes anuncian el himno nacional y con las piscolas que nos invitan hacemos el primer salud. Los dos goles de Chile son transmitidos gracias a un generador que sólo se prende para recibir huéspedes o para ver los partidos de Chile. Fue un win-win. Nosotros pudimos ver el partido y él, el dueño del hostal, pudo compartir la felicidad del triunfo con alguien más que la soledad. Que fácil ha sido ir abriendo caminos, solo hay que dejar el miedo atrás.

Esa noche el cielo estaba más grande de lo normal, más oscuro y brillante al mismo tiempo. Las silueta de los árboles se recortaba contra un azul oscuro y las estrellas que brillaban como brillan en lugares sin luz. Nos dormimos tranquilos, felices.

Partimos la mañana con energía, con el sol entrando por la ventana, ahogando el aire dentro de Amunche. La mañana llama a abrir puertas y ventanas y salir a disfrutar de lo que el parque tiene por ofrecer. Salimos a recorrer un sendero en bicicleta. El sendero es en su mayoría angosto, con piedras sueltas, escaleras, barro y pasadas sobre el agua. Pedaleamos 3.5 kms en subida hasta llegar a “La Furia de los Volcanes” un lugar del río Claro donde confluyen sus afluentes. Me sentía tan empoderada, tan libre, tan capaz. La Dani de antes nunca se le habría ocurrido meterse en esos caminos con bicicleta y ahí estaba. Obviamente no pude tirarme en todas las líneas, pero si hice varias, y lo más importante, me superé, porque de eso se trata todo, irse superando a diario.

Ahora descanso en la hamaca, el paisaje es amable, tranquilo y lleno de vida. En la tarde bajamos por un sendero desde el camping al río, un lugar lleno de golondrinas, de aguas cristalinas y tranquilas. Las aguas también se merecen un descanso.

Las sincronicidades, esas coincidencias o causalidades de las que tanto les he hablado en este viaje, son la magia más hermosa que fluye libre en los viajes. Estábamos en la mitad del bosque, solos, sin comunicación, completamente entregados al lugar. Ya era de noche, estábamos preparando una sopa para cenar y voy volviendo del baño, entrando a la kombi, cuando de entre las sombras aparecen dos personas. Uno de ellos rompe el silencio con un “No se puede estacionar ahí”. Me quedo en silencio sin entender, primero, de donde salieron, y luego a qué se refería. ¿Cómo? Le pregunto. El hombre, alto, con barba, oculto detrás de una chaqueta negra me responde más fuerte “No se puede estacionar ahí”. Y yo en ese momento empiezo a elaborar la respuesta en mi cabeza… “Cómo que no conchesu… si llevamos dos días acá” y antes de lanzar mi elaborada respuesta lo miro bien. Miro a la persona que lo acompaña, a ella la conozco, a él lo conozco, no, no puede ser, “Cristián?” y con esa palabra mágica, el Christian se quita el gorro de la parca,  abre los brazos y camina hacia mí lanzando un “weeenaa Daniii”. Y yo me pregunto en silencio… “¿Qué está pasando!?”

Sincronía. Cristian Riquelme y su esposa Claudia, llevan dos años y medio viajando en su motorhome desde Alaska con la idea de llegar a Patagonia. Con Cristian trabajamos juntos en una serie de ficción (cuando ambos teníamos trabajos normales en Santiago) y hace más de 4 años que no nos veíamos. Recuerdo un día de rodaje en el que me contó que quería viajar de Chile a Alaska en su jeep, me acuerdo como compartimos ese día las ganas de salir a recorrer y ahora, después de 4 años, cada uno estaba cumpliendo un sueño de viaje. Fue mágico encontrarnos porque ninguno de los dos sabía que el otro estaba ahí, hasta que ellos vieron la kombi estacionada.  Terminamos la sopa y nos fuimos a su casa, en el camping del frente. Los 4 instalados en Dora, su hogar, conversamos sobre sus viajes, sobre el nuestro, sobre las nuevas vidas, los nuevos sueños, los proyectos, los cambios y cómo será volver luego de un viaje tan largo. Entre toda la emoción de encontrarnos, nadie sacó fotos, pero tenemos todas las imágenes grabadas en nuestras mentes. Si quieren conocer el proyecto de Cristián y Claudia los invito a conocer su web.

Al día siguiente, nosotros nos fuimos a recorrer la Reserva de las 7 tazas, un poco más debajo de donde nos encontrábamos. Con los chicos habíamos quedado de encontrarnos solo si ellos decidían bajar esa noche, nosotros teníamos que avanzar, ellos recién venían llegando.

En la reserva recorrimos los senderos, vimos los saltos y bajamos hasta el río, frente al Salto La Leona. Ahí, sentados frente al salto a orillas del río, la brisa húmeda acaricia el rostro y no dan ganas de moverse nunca. Hasta que el estómago empieza a rugir, hay que volver a almorzar.

Almorzamos en la kombi y decidimos bajar al Radal. Nos instalamos en un espacio abierto del camino, a orillas del río y aprovechamos de ponernos al día con trabajos pendientes. El tiempo avanza lento, nosotros nos dejamos fluir.

Nos despedimos de las 7 tazas, de esa reserva que nos recibió con una tranquilidad envidiable, con aguas cristalinas, senderos hermosos y muchas, muchas aves que Jupa se llevó en sus fotografías.

Linda ruta, lindos días.

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