Los amigos del Gran Concepción

“Me sentí como una “Carmela” más, pero esa sensación duró hasta llegar a uno de los puentes que cruza el Río Bio Bio y ahí volvió la tranquilidad”.

Llegar a Concepción fue como llegar a Santiago. Una carretera ancha que recorre de Chillán a Conce nos lleva a un peaje, el más caro de la historia de los peajes. ($3.780 pesos, si ya, tampoco es tanto) pero como si estuviéramos en Santiago, nos pasamos una salida y paf! Otro peaje sin opciones de retorno. Esta nueva carretera nos interna al corazón de Concepción, ese que mezcla aeropuertos, malls, vegas, autopistas por arriba y por abajo, tréboles, rotondas y un tráfico digno de una capital.

Me sentí como una “Carmela” más, pero esa sensación duró hasta llegar a uno de los puentes que cruza el Río Bio Bio y ahí volvió la tranquilidad. El puente de dos kilómetros nos deja en San Pedro de la Paz, una comuna del gran Concepción, rodeada de bosques de eucaliptos y pinos con dos lagunas hermosas para salir a pasear.

Llegamos a juntarnos con Roberto, Freakrock en el mundo ciclista, uno de los socios de Multi Bike, una tienda especializada en ciclismo en medio de San Pedro de la Paz. Roberto nos recibe en su casa y mientras el trabaja, nosotros nos instalamos a lavar ropa en su casa.

San Pedro de la Paz es un microclima, un lugar lleno de gente en bicicleta, gente con sus perros paseando por el parque de eucaliptus que se levanta orgulloso en medio de la ciudad. La laguna recibe a todos sin discriminación. Parejas enamoradas, amigos chapoteando, familias en kayak o en botes a remo, o hasta oficinistas almorzando tendidos sobre un chal en el pasto. Nos sentimos parte de San Pedro casi al instante.

Roberto nos invita esa noche a comer (Gracias FreakRock!!) y nos vamos al “Steve Rock” la versión penquista del Hard Rock y que a nuestro juicio, es mil veces mejor. Con Janis Joplin de fondo nos ponemos al día y le contamos las mejores anécdotas del viaje.

Al día siguiente, nos despedimos de Roberto y nos vamos al terminal a buscar a Fenzo. Fenzo y Jupa fueron compañeros de universidad, y desde ese momento han estado presentes en la vida del otro. La polola de Fenzo, Ángela vive en San Pedro de la Paz, así que Fenzo viaja a verla cada vez que puede. Y en esta oportunidad, todo coordinamos para estar en Conce durante el fin de semana y así compartir unos días juntos.

Luego de recoger a Fenzo en el terminal, nos vamos a buscar a Ángela a su turno de trabajo. Es tarde pero los chicos están motivados, es viernes así que hay que salir a hacer algo. Salimos a recorrer las calles de San Pedro de noche, y luego de un tour guiado nos vamos al “Burger Bar” un local de hamburguesas donde Fenzo nos invita a comer (Gracias Fenzitoooo).

Nos sentíamos como en casa, conversando de las cosas de siempre, de los cambios durante esta corta ausencia, de las cosas que se vienen para el viaje, de los proyectos y con la guatita llena nos fuimos a la casa de la Ángela a dormir, para salir temprano a pasear por la costa al día siguiente para que Fenzo y Ángela vivieran la experiencia de “viajar en kombi”.

Esa mañana, las nubes se adueñaron del cielo, amenazando con lluvia inminente. El plan continuaba siendo el mismo, nos preparamos para salir y tomamos la ruta hacia Tomé mientras la  lluvia trataba de sumarse al día de playa. Nos desviamos hacia Contulmo, una hermosa caleta donde Amunche recibió toda la atención. Un grupo de pescadores curiosos se acercaron a inspeccionarla mientras nos contaban como había cambiado todo con el tsunami del 2010. Seguimos la ruta hasta Dichato, esa caleta de la que habíamos oído hablar tanto. Recorrimos la costanera rapidito porque el hambre atacaba con fuerza. Después de comer y rodeados de frío volvimos a la kombi a tomarnos un té y ese simple evento se llena de gracia cuando tienes que hacerlo en una kombi con cuatro personas dentro.

Luego de recorrer la ruta de la costa volvemos a Concepción y a la lluvia. En el camino, Amunche es herida de un golpe certero en el parabrisas abriendo una grieta instantánea en el costado inferior del piloto. El golpe nos duele, pero no dejamos que empañe el día y continuamos como si nada hubiera pasado. Al llegar a Concepción llueve torrencialmente. Las plumillas apenas pueden alejar el agua por un segundo y se empapa todo de nuevo. Cada vez que frenamos, los paneles botan toda el agua acumulada y un chorro enorme se dispara por ambos costados. Nos damos una vuelta por la Universidad de Concepción, vacía. La lluvia es tan fuerte que nos impide ver a la distancia por lo que preferimos ir a refugiarnos a un cafecito. El lugar huele a café de grano y dulces. Nos sentamos al lado de la ventana para amplificar esa sensación exquisita de ver llover desde un lugar cálido.

Domingo post lluvia es sinónimo de dormir hasta tarde. Cuando logramos salir de la casa partimos en dirección a Ramuntcho, una playa escondida frente a San Vicente. El camino de tierra se abre paso entre bosques de eucaliptus acercándose con paciencia al mar. Estacionamos en el camino y en la kombi, preparamos todo para hacer un picnic en la playa comiendo tacos. Cargando nuestro cargamento de comida bajamos a la playa, admirando la tranquilidad del bosque, la basura que dejan los visitantes. Duele tanto ver lugares como estos llenos de basura que a veces dan ganas de que nunca lleguen a conocerse para así evitar estos horribles escenarios.

Instalamos las toallas armando un comedor improvisado y disfrutamos de la comida del mejor restaurant de Ratmuncho.

Por la tarde compartimos una once con la familia de Ángela. Compartimos sueños de viaje cumplidos y por cumplir, de la vida en Concepción, del crecimiento de la ciudad, de la comida y de la salud, de la lluvia y las chimeneas hasta que llegó la hora de que Fenzo volviera a Santiago.

Esa noche Fenzo perdió el bus y ese “problema” nos regaló un día más juntos. Pasamos la mañana riéndonos, los chicos recordando las tallas de la universidad, las risas de los amigos, las cosas que nos unen en Santiago. Durante la tarde era momento de hacer algo respecto a la grieta del parabrisas que durante los dos días había crecido tanto que alcanzaba casi 30 centímetros.

Tratamos de llevarla a algún lugar donde pudieran repararla, pero era imposible. Teníamos que buscar un parabrisas nuevo. Al pensar en la idea de tener que conseguirnos un parabrisas de kombi en Concepción sentí un peso gigante. Nos iba a costar mucho tiempo y dinero, fue lo que creí. Pero estaba tan equivocada. En el mismo local donde trataron de arreglar el parabrisas nos hablaron de un lugar donde vendían nuevos. Al llegar, nos atendieron muy amablemente y por arte de magia apareció un parabrisas de kombi nuevo. Fue tan simple, tan rápido, que lo único que podía hacer era agradecer que esto hubiera pasado en Concepción.

El cambio se demoró una hora y nos fuimos con un parabrisas en HD con el que recorrer las rutas del sur.

Concepción fue sol y lluvia, amigos, risas, comidas y paseos. Fueron días acompañados en los que la soledad del viaje desaparece por completo. Vuelvo a agradecerles por todo, por marcar ese punto en el mapa con tanto cariño y amor.

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