Los habitantes del Parque Tamango

Despertamos con el calor de la mañana, el aire caliente se amontona en la kombi y es necesario salir. Estamos en el estacionamiento del parque Tamango, a pocos kilómetros de Cochrane.

Gracias a nuestro pase anual de Conaf no tenemos que desembolsar dinero y luego del registro somos libres para recorrerlo. Iniciamos el sendero que bordea al río Cochrane. El camino comienza entre rocas y arbustos esteparios, mientras el río va quedando cada vez más abajo de nosotros. En silencio tratando de no disturbar el ambiente ni asustar a los animales que pueden estar cerca. Los primeros en cruzarse con nosotros son una bandada de “mineros” pequeños pájaros de tonos cafés que ocupan los espacios en las rocas para anidar. Nos cruzamos frente a frente con el martilleo de un pitio que nos detiene.

La estepa va dando paso a bosques más tupidos donde el canto del Chucao, el que nos ha acompañado toda la Patagonia, aparece entre los árboles. El camino continúa ascendiendo, abriendo la panorámica hasta divisar el lago Cochrane en la mitad de los montes.

Nos vamos acercando, en descenso hasta el río. Nos quedamos en silencio observando el paisaje. Golondrinas vuelan rasantes sobre el agua quieta del río. Dejo que mis pies sientan el agua fría mientras se contraen y adormecen tratando de aguantar unos minutos sumergidos.

Continuamos el sendero, esta vez entre grandes árboles que albergan otro ecosistema. Un Martín Pescador nos saluda desde lo alto de una rama y se deja fotografiar por Jupa, quien se acerca sigiloso. Escuchamos el canto a coro de los picaflores que se mueven de árbol en árbol, de flor en flor sin que seamos capaces de fotografiarlos.

El zigzag del camino nos lleva de arriba a abajo y nuevamente hacia arriba por terrenos rocosos.

Llegamos a un mirador que nos regala una vista increíble de lo que nos rodea. Largas extensiones de montes rocosos, alternados con arbustos y bosques tupidos en las quebradas. Un águila cruza el cielo sobre el lago que toma un tono verdoso en las orillas. El viento frío nos invita a movernos para no dejar que los cuerpos se enfríen.

Nos hemos cruzado con 3 pares de excursionistas todos esperanzados de encontrarse con el misterio del parque. El Huemul. Sabemos que el parque es el hogar de varios de ellos, pero no se han aparecido en semanas, por lo que nuestras expectativas son bajas. A pesar de eso, en cada curva que nos ofrece el camino, nos acercamos sigilosos, avanzando en silencio, para no darles motivos de escapar si es que el destino quisiera cruzarnos.

Mientras recorremos el camino de vuelta a Amunche, entre el bosque húmedo que ya conocemos, una chica que está de pie en la mitad del sendero nos hace una seña de pausa. Detenemos el paso y nos acercamos en silencio, y ahí detrás de un pequeño árbol, un huemul pasta tranquilo, casi ignorándonos. Una emoción sorpresiva me invade y tengo ganas de saltar y celebrar por estar ahí juntos, pero en vez de eso me agacho y arrodillo frente a él. El sonido del obturador lo desconcentra de su tarea y nos mira sin mucha curiosidad, para luego continuar con la cabeza gacha.

El tiempo parece haberse detenido. Somos cuatro personas mirándolo y él se siente seguro y en confianza, nunca amenazado. Luego de unos minutos decide moverse a otro sector, quizás con pastos más frescos y lo perdemos de vista entre los arbustos. Los cuatro nos miramos como si agradeciéramos el momento compartido. Una tercera pareja de senderistas aparece sin haberlo visto.

Sincronía. Podríamos haber llegado minutos antes o minutos tarde y no lo habríamos conocido.

Camino con el corazón rebosante de alegría y me pregunto si los demás se sentirán así, tan sorprendidos y agradecidos como yo. Abrazo a Jupa porque veo en su mirada que él es de los nuestros, de los que vibra con los encuentros cercanos entre especies, lo veo cada vez que logra una buena fotografía de uno de los animales que se cruzan en nuestros senderos.

El parque no nos deja marcharnos sin antes regalarnos un último momento de vida. Una pareja de carpinteros buscan alimento entre la corteza de un árbol. La hembra de un elegante negro, contrasta con el rojo vivo del macho. Me siento sobre una roca, tibia al tacto, mientras Jupa trata de acercarse con cuidado para fotografiarlos. Los demás observan y luego avanzan y el sendero vuelve a ser solo para nosotros.

No soy una buena deportista, me canso rápido en las subidas y mi rostro toma un tono burdeo brillante bajo el calor, mis piernas se agotan con facilidad y se me dificulta encontrar un buen ritmo que no ahogue mi respiración, pero a pesar de mi poca resistencia podría pasarme la vida recorriendo senderos con la promesa de tener más días como estos, donde cada curva puede tener escondidos nuevos tesoros, pedazos de vida que hacen vibrar mi alma.

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