Varias veces pasó. Algunos veranos mi familia y yo, llegábamos al lago Llanquihue a pasar unos días, pero cada vez que visitábamos Frutillar lo hacíamos a la rápida, siempre de paso. Mis papás preferían siempre quedarse en lugares menos concurridos, evitando las multitudes que repletaban cada verano la playa de Frutillar. Desde esas visitas fugaces de infancia, siempre había querido quedarme frente a esa playa, disfrutando la vista del lago, perderme entre las casitas de madera sureña, con sus colores, jardines y adornos musicales por todos lados.

Así que la mañana en que Jupa estacionó a Amunche frente a la playa y anunció que ese sería el patio, yo no podía estar más feliz. A eso sumémosle que era principios de diciembre, por lo que las multitudes de los veranos aún no armaban las maletas para llegar. La playa era nuestra, el estacionamiento, nuestro, las casas y sus jardines todos nuestros para admirar.

El teatro del Lago imponente en la orilla se veía perfecto desde nuestra ventana. Nos encaminamos a él deseando coincidir con algún concierto y nuestra alegría se multiplicó cuando nos cuentan de que sí, hay uno el día siguiente y que sí, podemos entrar porque el teatro del Lago nos quería invitar gratuitamente.

Nos sentíamos como reyes! Dos reyes que tenían dos días completos frente al lago (mínimo). La tarea se nos hizo fácil. Esa tarde nos bañamos en las aguas frías del Llanquihue, con alguna dificultad y grititos de por medio. Premiamos la hazaña con dos trozos gigantes de pie de limón que conseguimos en un kiosquito de madera por un precio muy amable. Cuando bajó el sol, leímos, escribimos y editamos en Amunche y cuando se hizo de noche nos echamos a ver una de las películas que nos iban quedando. A la mañana siguiente la misión era bajar los trozos gigantes de pie mientras pedaleábamos bordeando el lago por algunos kilómetros, para volver directo a apaciguar el calor en el agua fría del lago, dándonos una ducha a las 9 de la mañana.

Limpios y más decentes, nos dimos el lujo de almorzar en un restaurant. Ambos pedimos un barros luco con papas fritas (niños no sigan esta dieta en casa) que estoy segura, ha sido el mejor barros luco de la historia. El tiempo pasó rápido y ya era hora de entrar al teatro, buscar nuestro asiento y agradecer las sincronías.

El concierto era del cuarteto de residentes del teatro. Violín, piano, flauta traversa y chelo. Nosotros, los hippies de la kombi, estábamos ahí sentados, disfrutando de un regalo más que nos estaba dando la vida y ahí mientras la pianista ponía las mejores expresiones del mundo, Frutillar fue oficialmente nuestro.

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