Retomando el viaje, rumbo al sur

Despedida

No es fácil. Meter tus recuerdos en cajas, cerrar las puertas, dar los últimos abrazos, aceptar que las cosas cambiaran en tu ausencia. No es fácil dejar atrás todo. Duele despedirse. Es un dolor que existe porque no se arranca, no se huye, duele porque lo que existe se valora y se agradece. Duele la distancia cuando la vida es buena, cuando hay un mundo enorme por el cual agradecer todos los días. Se acepta en silencio, los procesos de la ausencia, los cambios que traerá el tiempo.

Yo me quedo con el abrazo hundido en el pecho, con los brillos de los ojos que nos dicen hasta pronto. Porque marcharse era necesario para seguir esta aventura, para darle la bienvenida a tantas otras experiencias que nos están esperando. Esta despedida se sintió real, porque no hay certezas de cuando volveremos a vernos.

En el primer tramo de este viaje por el norte, la despedida dolió menos, es que sabíamos que nuestro núcleo se encontraba a medio camino, en la mitad de Chile, en el centro. Era obligatorio volver a pasar por ahí. Y pasamos y nos quedamos, trabajamos y nos relajamos. Esta nueva partida era la real.

Nos fuimos con lluvia rumbo al sur. Vimos el atardecer en Santiago por última vez (en no sabemos cuánto tiempo). La primera noche la pasamos en Santo Domingo, con el corazón hinchado y agradecido, con un sabor agridulce en la boca y en los sueños.

Despedida con la familia de Juan Pablo

La transición por la costa

Despertamos en silencio, como si hubiéramos entrado a una especie de portal que no permitía arrepentimientos. Ya estaba hecho, ya estábamos en viaje. Mi hermano nos había dicho que quería sumarse unos días al viaje en su moto, pero no lo creí hasta que supimos que venía en camino. Llegó a ver el atardecer en Santo Domingo, nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en meses, aunque obviamente eso no era cierto.

Ese día, Pablo, arquitecto, nos vio estacionados frente a la playa y nos invitó a pasar a su casa a compartir historias y cervezas. Le habíamos hablado a mi hermano de que este tipo de cosas pasan en el viaje, pero no creíamos que pasarían tan rápido. El Pablo nos contó sus proyectos, nos habló apasionadamente de su trabajo y nos quedamos con una de sus frases resonando en nuestras cabezas “Crear algo es una oportunidad para cambiar el mundo”.

Seguimos la ruta hacia el sur por la costa. El camino sinuoso, se abría paso entre bosques y praderas hasta llegar a Rapel de Navidad, en la VI región. Aquí una familia se acercó a ver la kombi y todo su aparataje y después de una pequeña conversación, nos recomendaron un lugar donde ellos solían ir de camping o picnic. Licancheu, a orillas del río Rapel. Nos costó un poco llegar, pero cuando llegamos, nos enamoramos de inmediato.

Por un lado, unas cabras pastaban junto a sus chivos, por el otro, el río fluía en silencio, mientras elegantes cisnes de cuello negro metían sus cabezas dentro del agua buscando comida. Ahí, solos, estacionados en la mitad sobre la hierba húmeda, hicimos nuestra casa y todo el río fue nuestro patio.

En el viaje, hay un cambio en la idea de pertenecer. Hoy ya no puedo decir que soy de Quillota, o que soy de Santiago. Ahora el tema es mucho más complejo. Todos los días soy de un nuevo lugar. Y en algunos se hace más fácil esto de pertenecer. No necesito un título firmado, ni un poder o una cesión. Ese rincón frente al río era nuestro desde el momento en el que empezamos a construir recuerdos en él. Si lo hago mío, lo cuido, lo protejo, lo agradezco y así, esa tarde, Licancheu fue de los cisnes, de las golondrinas, las loicas y nuestro.

Refugiados del viento

Desde la Boca hasta Matanzas, lo único constante era el viento y las olas resonando en el fondo. La kombi avanzaba en contra de la corriente, el pelo se desordenaba y cualquier intento por mantenerlo en su lugar era inútil. Así, cuando llegamos a Matanzas, el objetivo era buscar un refugio que nos protegiera del viento. El Felipe, mi hermano, se ofreció para ir a buscar un lugar en la moto y luego de unos minutos, volvió y lo seguimos. Pasamos por el valle de Pupuya y sobre un cerro parcelado, nos instalamos sobre una pequeña planicie entre el bosque y con vista al mar.

Matanzas se ve a lo lejos, pequeña allá abajo. Acá en el refugio, el tiempo pasa lento. Ya no hay excusas para el tiempo, es todo mío, soy la dueña de mi tiempo y lo recibo con un dejo de responsabilidad, depende solo de mí, que es lo que haré con él.

En él, escribo, leo, observo, escucho. Me recuesto en la hamaca, con la mirada hacia el cielo, con los pies rozando el pasto, con el viento agitando las hojas, con el mar reventando a lo lejos. Es necesario moverse. Con Jupa salimos a recorrer el vecindario de hoy en bicicleta. Saludamos a los vecinos, en su mayoría espinos y eucaliptus, avanzamos por el camino sinuoso, de fuertes bajadas, de subidas terribles. Me siento lejos, libre y empoderada.

Estos días son para desconectarse, para cambiar el switch, para adaptarnos nuevamente a los ritmos de viaje. Y si esa es la misión, estos días fueron todo un éxito.

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