Roadtrip por la Araucanía (II Parte)

Durante el viaje, hacer amigos es bastante simple. Una conversación puede develar si es que hay química o no, si es que hay temas en común o no. No se necesitan varios encuentros para pasar de “conocido” a “amigo”, ni mucha historia previa, en el viaje o te haces amigo o avanzas. Con Alline y Mika nos hicimos amigos en el primer almuerzo compartido en Victoria. Ese día llegamos, nos saludamos de abrazo y luego nos pusimos a evaluar las provisiones con las que contábamos para repartirnos las tareas del almuerzo. Listo, esa sinergia trae amistad casi inmediata.

Gracias a eso, decidimos compartir rutas por unos días y avanzamos hacia Curacautín, a 53 kilómetros de Victoria. “Nosotros los seguimos” nos dijeron y avanzamos a la velocidad del paisaje entre subidas y bajadas, cruzando bosques y campos hasta llegar a destino. En Curacautín cargamos bencina (deberíamos haberlo hecho en Victoria, acá estaba más cara), compramos comida y continuamos en dirección a Lonquimay.

Luego de 20 kilómetros encontramos un terreno plano, a orillas de un río donde estacionamos nuestras kombis en paralelo, haciendo un pequeño campamento entre ambas. Extendemos el toldo de los chicos para evitar la lluvia y nos preparamos para tomar once y conocernos un poco más.

Mika es francés y Alline es francesa/brasilera. Mika habla francés, Alline habla francés, español, portugués e inglés, así que comunicarse es simple pero lento, Alline debe traducir a Mika de tanto en tanto. Los chicos son muy alegres y simples. Mika nos hace reír cada vez que trata de comunicarse entre señas y un español chamullado. Esa tarde jugamos cartas, hablamos de la magia de los viajes, de Juan y David, de la comida de Georgina, la familia de Antofagasta que nos recibió a todos en su casa en tiempos diferentes y que hoy es la causa de este encuentro.

Al día siguiente está despejado y avanzamos. Nos detenemos primero en el salto de la princesa, una cascada en medio del bosque al que se puede acceder gratuitamente. Que linda que es esa palabra… gratuitamente. Ya casi no existe. Alline era la princesa y Mika era el indio por el que sufría de amor y nos reímos y agradecimos estar juntos en ese momento.

Continuamos hacia Malalcahuello sin saber muy bien con que nos íbamos a encontrar. Lo primero que encontramos fue una kombi y obviamente paramos a preguntar por su dueño. Ver tres kombis allá arriba era una gran gracia, no podíamos pasar de largo. De la casa sale un chico que nos cuenta que la kombi es de su jefe, que lo encontraremos en la pizzería unos metros más arriba. Vamos sin saber a qué vamos, pero vamos. La pizzería está cerrada, son las 10 de la mañana y una persona normal que encuentra el local cerrado, deja el seudo plan hasta ahí y se va. Nosotros no somos personas normales al parecer. Rodeamos la pizzería hasta llegar a la puerta de servicio y ahí gritamos, alóoo, alóoo, hasta que Max el dueño sale a ver qué es lo que está pasando.  Le mostramos las kombis y se transforman en una llave que nos abre la pizzería y Max nos invita a tomar té y café y a conversar. Max se instaló en Malalcahuello sin tener nada hace dos años atrás. Un día vino, le gustó, le gustó harto el lugar y se vino. Se puso a construir su pizzería y ahí está, lejos del caos de Santiago, emprendiendo con todo lo que puede. Max habla muy rápido y ahora los 4 idiomas que maneja, no le sirven a la Alline para entender el “chileno”. Un español demasiado rápido que hace imposible que cualquier extranjero pueda entender.

El roadtrip kombi continúa. Nos despedimos de Max y seguimos subiendo hacia el volcán Lonquimay. Avanzamos y vemos una araucaria, dos, tres, cinco, veinte, cincuenta y cinco araucarias y perdimos la cuenta. El camino cruza un bosque inmenso de araucarias y los cerros alrededor del volcán están reventados a araucaria. El paisaje es sobrecogedor. Seguimos subiendo hasta llegar a las faldas del volcán Lonquimay, bordeando la nieve, allá en kombi y la simple idea de ver a Amunche en la nieve me llena de orgullo. Mika y Alline nunca habían estado en un volcán y ver sus caras de agradecimiento fue increíble.

Bendita temporada baja. No hay mucha gente por lo que solo es necesario avanzar unos metros para estar en un paisaje mitad nieve, mitad cielo, encandilados por la luz, por la alegría de estar presentes. La nieve está blanda y con cada paso, nos hundimos hasta las pantorrillas. Luego de un rato de lucha, avanzamos en fila india, repitiendo los mismos pasos del que va adelante, donde la nieve ya fue compactada. Mika, que dirige la fila, hace zigzags, vueltas en círculo y nosotros le retribuimos la guía tirándole bolas de nieve. El objetivo es llegar a una pequeña colina para subir a pie y lanzarnos de guata con un forro de plástico que teníamos abandonado en la kombi. Al principio todos están reacios a hacerlo, pero Jupa decide hacerlo primero y cuando llega a un punto con altura se lanza de un salto a la nieve. Avanza unos metros, pero la nieve está muy blanda y se acumula debajo del plástico. Persistir. Mika es el segundo y se lanza desde más arriba por la pista creada por Jupa, avanza más rápido y más lejos. Persistir. Yo soy la tercera, me lanzo desde más arriba con un salto de guata a la nieve y llegó más lejos. Somos niños de nuevo. El cansancio de subir la nieve blanda se paga con la velocidad que agarra ese forro roto de plástico gris sobre la nieve del volcán Lonquimay. Me encanta ver que somos capaces de disfrutar de momentos simples como este. Sentirte libre de vergüenza, de lo que la gente pueda pensar, de cómo se van a reír si me caigo o si hago el loco, sentir que nada de eso importa. Somos libres en esa compañía y esa libertad nos hace inmensamente felices.

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