Roadtrip por la Araucanía (III Parte)

Luego de jugar como niños en la nieve, bajamos a almorzar en la mitad de un bosque de araucarias. Alline se ofrece a cocinar y nos prepara fideos con verduras y fueron los mejores fideos con verduras que hemos comido. Ordenamos y lavamos más rápido entre todos y continuamos, todos en las kombis y yo adelante, sola en bicicleta. El viento frío me hace resistencia, siento la vibración del camino en las manos. Es probable que no fuera bajando muy rápido, pero me sentía veloz, libre y empoderada. Luego de unos minutos de descenso llegamos al plano y subimos la bici dentro para continuar sin pausas.

Alguien nos hace dedo, no hay espacio para llevar a nadie con la bici adentro, pero cuando estamos pasando por al lado del caminante le vemos la cara… ES MANOLO! Gritamos al unísono y la kombi frenó lo más rápido que pudo. Manolo había sido compañero de trabajo de Jupa en Santiago y venía bajando del centro de ski… que tal? Ya lo hemos dicho miles de veces: s-i-n-c-r-o-n-í-a. Del Manolo nos despedimos unos kilómetros más allá y continuamos el viaje. El paisaje nos recibe amablemente, la ruta es suave, el viento entra por la ventana mientras el sol se esconde detrás del volcán Llaima y ahí, en medio de esa estepa, me siento en otro lugar, Patagonia se siente cerca.

Llegamos al túnel Las Raíces de 4.5 kilómetros de largo, el segundo más largo de Sudamérica y tuve que disimular mis nervios. No me gustan mucho los lugares cerrados, menos tan largos, pero sortear un miedo siempre se siente como un nuevo triunfo. Al otro lado del túnel el paisaje se pone más inhóspito, más aislado y las araucarias son las reinas de todo. Pasamos por puentes de madera, caminos de tierra lisos, otros calaminosos, otros de piedra suelta, pero los ojos se distraen en el horizonte, en las montañas, en una meseta plana al otro lado de la cordillera, todo ahí tan cerca.

Pasamos el lago Galletué buscando un lugar donde instalar nuestro campamento, pero el viento no da tregua y el lugar es tan abierto que las kombis se mueven de lado a lado y preferimos seguir buscando un refugio. Eventualmente llegamos a la laguna Icalma donde encontramos un terrenito en altura, resguardado por un pequeño monte, que algo nos protege. Hace frío, mucho frío. El viento entra y recorre el cuerpo y no tenemos fuerza para quedarnos a fuera a disfrutar del paisaje. Entramos los 4 a Amunche a calentar el cuerpo con un té. Mientras el frío nos da tregua, Alline traduce a Mika y logramos de alguna manera, comunicarnos fluidamente. Ahí dentro, en un espacio de 3,5 mts cuadrados, conversamos, nos reímos, jugamos Uno y los chicos ponen un pisco, nosotros la bebida y se toman sus primeras piscolas.

La mañana llega luminosa. El sol se refleja en el lago y nos despierta temprano. Tomamos desayuno, cada uno en su kombi, con las puertas abiertas, compartiendo agua, pan o lo que tengamos. Continuamos hasta llegar a la Aduana, para ayudar a los chicos a sacarse algunas dudas con su visa y continuamos. El camino se interna en un valle, zigzagueando por las faldas de los cerros, de cara al volcán Llaima. El camino es sinuoso, de ripio suelto, en bajada. A ratos me pongo nerviosa y quiero llegar pronto a donde haya que llegar, a ratos me siento agradecida del camino, de ser yo, de ser nosotros en ese lugar.

Ya en terreno plano, llegamos al escorial, una aglomeración de roca volcánica, un recuerdo de alguna gran erupción del Llaima. Encuentro una roca volcánica roja con forma de corazón y la guardo para el tablero de Amunche.

Avanzamos hasta la entrada al Parque Nacional Conguillio al lugar donde está el salto Truful-Truful, ahí nos detenemos. Jupa y yo nos ofrecemos a cocinar. Hacemos croquetas de atún y papas fritas, que nos devoramos. Todo un lujo.

Seguimos. En Melipeuco nos abastecemos con comida y en el lago Colico nos instalamos una noche más. Mika quiere que probemos sus crepes y se pasa la tarde haciéndolos en kombito. Nosotras nos vamos a disfrutar de la vista de este nuevo lago. Cuando Mika termina su torre de crepes nos instalamos en Amunche a tomar once. Ahí nos damos cuenta de que cada viaje es un viaje interno y de que cierta manera compartimos algunos aprendizajes que la ruta nos ha dado.

Al día siguiente bajo a la playa. Es pequeña, de arena gruesa, rodeada de arbustos y árboles. Hay un lugar lleno de rocas lisas, me acerco a llenar una botella de agua y sabiendo que está resbaloso me caigo. Con el agua hasta las rodillas y el dedo chico adolorido me paro rápido y me río de lo tonta que fui pero sobre todo de mi instinto de pararme rápido, como si fuera a pasar vergüenza porque alguien me vio caer, ahí, donde no hay nadie. Me siento en la arena y al rato llega Alline. Compartimos ese momento en silencio, cada una en sus libros, en sus mundos, pero juntas ahí.

Cuando Jupa llega al lago con la intención de fotografiar pajaritos, le advierto que “cuidado con las rocas, están muy resbalosas” pero a pesar de la advertencia se sube a una muy confiado, se manda un pasito de baile para mantener el equilibrio, pero finalmente se cae. Nos reímos, yo le advertí.

Retomamos la ruta, el último tramo que nos separa de Villarica, la parada final del roadtrip compartido. Nosotros nos quedaríamos unos días en la casa del papá de Jupa, ellos seguirían el viaje al sur. Ese último tramo se nos hace largo. Al parecer nos equivocamos de camino, porque es el peor de todo los tramos recorridos estos días. El terreno está suelto y lleno de piedras grandes, resbaladizas y peligrosas. Subimos y subimos por un camino descuidado hasta divisar por entre las ramas de los árboles al volcán Villarica.

Entramos a la ciudad, triunfantes, sintiendo que después de todo el recorrido nos merecíamos un premio, así que entramos a un local, pedimos pizza y cervezas y se dio por finalizado el roadtrip y oficialmente, nos habíamos transformado en amigos. Y sí, esto no podía terminar acá.

Lee la primera parte aquí                            Lee la segunda parte aquí

Déjanos tu comentario

comentarios :)

Leave a Reply