Los últimos días han sido de una felicidad plena y calma. Los caminos nos tratan con cariño, la gente se acerca a conversar, a darnos ideas, a copuchar nuestra casa. Todo fluye en calma, no hay presiones, no hay apuros. Lo único en lo que nos hemos tenido que preocupar es en encontrar un lugar seguro donde podamos armar la carpa de mi hermano (Felipe) lo que nos limita a estacionarnos libremente.

Llegamos a Pichilemu y luego de unas vueltas, encontramos un terrenito abierto a orillas del estero, a pocos metros de la entrada principal al balneario. El Felipe decidió a último momento, no armar la carpa y dormir en los asientos de delante de la kombi. No fue la mejor idea, durmió pésimo el pobre.

A la mañana siguiente pasamos la tarde recostados en la arena oscura y húmeda, azotados por el viento e hipnotizados por las olas que entran reiterativamente a la bahía. En este preciso momento ocurre una de las sincronías más lindas de este viaje (hasta ahora). Figúrense esto: tres cuerpos casi muertos recostados en la arena en silencio. Una pareja pasa caminando frente a los bultos. La mujer reacciona apuntando efusivamente hacia el camino, donde está estacionada Amunche. La mujer mira a su alrededor, los bultos pasan a ser personas y dos de esas caras son conocidas. La mujer se presenta como Susana, el hombre como Kyle, ella es de Iquique, el de Canadá y ella pregunta si es que nosotros somos los que viajamos en esa kombi (ella ya lo sabía, pero eso es lo que hay que preguntar por las dudas). Los invitamos a sentarse con nosotros ahí en la arena oscura y húmeda y un vínculo invisible que nos unía hace meses se hace visible en esa primera conversación. Sin haberlo planeado, yo llevaba meses escribiendo nuestros relatos de viaje para que Susana los leyera y se los tradujera a Kyle. Los leían desde el principio. Y aquí estábamos, conversando como si nos conociéramos siempre.

Si eso no es magia, ¿entonces qué?

Con los chicos coordinamos para juntarnos al día siguiente y nosotros nos fuimos en la búsqueda de un nuevo terreno donde pasar la noche. Camino a Punta de Lobos vimos un terreno amplio deshabitado, así que patudamente fui a preguntarle a la casa vecina si es que nos dejaban pasar por su terreno para llegar a ese espacio desocupado. La señora Irma fue quien nos atendió y nos ofreció mejor, pasar la noche en su patio que era más seguro. Sin querer le golpeamos la puerta a una mujer amable, preocupada y atenta. Nos estacionamos frente al mar, con un camino interno para llegar a la playa hermosa. En los terrenos vecinos se levantaban algunos de los hoteles y cabañas más “pitucos” de Pichilemu y nosotros ahí, codeándonos gratis, espectadores de un atardecer hermoso.

Al día siguiente nos topamos con Susana y Kyle en un café y decidimos adelantar nuestro encuentro programado y almorzar juntos. Los acompañamos al hostal Kuyén y Kyle que más encima es chef, nos hizo un almuerzo exquisito (Obvio que ayudamos como cocineros) Para mi hermano había llegado el momento de volver a casa, así que cargó su moto, nos despedimos y partió rumbo a Viña del Mar. Aunque fueron pocos días, me encantó poder compartir parte de la ruta con él. Sé que la próxima vez, se unirá sin dudarlo a la aventura.

El dueño del hostal Kuyén estaba en Italia y es amigo de Susana y Kyle y desde allá nos invitó a quedarnos en el hostal dos noches. Nos abrió las puertas de su hostal con una amabilidad que traspasaba todas las fronteras que la distancia crea. El lugar es acogedor, lleno de banderas, mapas y recuerdos de otros viajes, con las paredes llenas de sonrisas, amistades e historias inmortalizadas en fotos. Nosotros dejamos la nuestra agradeciendo las sincronías y la hospitalidad.

Con los chicos nos hicimos amigos muy rápido, teníamos tantas preguntas, pudimos dar tantas respuestas, generamos reflexiones, ideas y proyectos de viajes futuros que nos abrieron la mente frente a esta locura de querer vivir viajando lo más posible. Juntos fuimos a recorrer los alrededores de Pichilemu hasta llegar a la laguna del Encanto, un lugar conocido por los locales para desconectarse y disfrutar de la naturaleza.

Para llegar hay que internarse entre los bosques de eucaliptus y pinos que alfombran todos los cerros y entrar a un camino privado, dejar el auto estacionado en la cima del cerro y luego bajar a pie hasta donde termina la quebrada. En ese punto, los afluentes acumulan el agua generando un escenario natural oculto. Pasamos las horas recorriendo, caminando, descansando y conversando para luego volver al hostal. Fueron pocos los días que compartimos, pero en ese portal de tiempo, en esa laguna escondida entre los cerros, conocimos a nuevos amigos que llevamos a cuestas en nuestros pensamientos. No es primera vez que nos pasa y esperamos que no sea la última.

Gracias a los viajes por los amigos.

Que tengan buenas rutas.

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