Volver a la Segunda

El avión llegó a suelo Antofagastino pasado el mediodía. Nuestros cuasi hermanos de viaje Juan y David nos esperaban en Lucy, la kombi T1 de Juan. Volvimos a su casa como si fuera la nuestra, donde Amunche nos estaba esperando durante tres semanas. Pasamos un par de días dejando al día a la kombi y volvieron las despedidas. Habíamos hecho tres visitas y ahora el abrazo era más sentido porque no habían certezas de una cuarta.  Nos fuimos agradecidos, felices y bendecidos con la kombi llena de cariño y buenas energías rumbo al sur.

Volvíamos a recorrer la ruta costera que hace casi cuatro meses habíamos hecho por primera vez rumbo al norte. Las cuestas que habíamos subido, ahora las bajábamos con la experiencia de conocer con antelación el camino.

Paramos a ver el atardecer entre Paposo y Taltal frente al mar, entre unos roqueríos. Esa fue la última noche que pasamos en la II Región. Fue una despedida silenciosa, un abrazo sentido al norte grande por tantos días de alegrías.

Volver a la Tercera

Al día siguiente cruzamos por nuevo camino el Parque Pan de Azúcar y almorzamos dentro de Amunche protegiéndonos de la lluvia de verano que espantaba a los turistas. Bajo el cielo nublado cruzamos Chañaral, Portofino y las playas escondidas de Atacama. En el camino un Brasilia del 78 nos saludó hasta que pudimos orillarnos en el camino y conocerlos. El Brasilia venía directamente de Florianápolis, los tripulantes, ambos de 60 años aproximadamente habían partido hace 2 semanas rumbo a Santiago. Intercambiamos datos de viaje, consejos automovilísticos y nos hicimos amigos inmediatamente. La comunidad viajera nos permitía llamarnos así con una facilidad increíble.

Ellos continuaron hacia Copiapó, nosotros nos desviamos hacia Caldera con el objetivo de encontrar un nuevo personaje para la serie. Recorrimos la municipalidad, la dideco, el plan de desarrollo productivo, pero no encontramos ningún dato concreto, así que mejor seguíamos la búsqueda como había funcionado anteriormente. El boca a boca. Anunciamos nuestra llegada a Bahía Inglesa por las redes sociales y luego de varios datos, llegamos al Coto.

El Coto es constructor civil por profesión, pero más importante que eso: kitesurfer por pasión. Nos recibió con las puertas abiertas en el Club Kitel en la playa Las Machas. Era un lugar construido por él y Sofía (su pareja y arquitecta) para que ambos pudieran dedicarse a sus pasiones: El Kitesurf y el Karate (si, Sofía es cinturón negro). Lanzarse con algo propio no es fácil, eso ya lo sabíamos, y el Coto nos habló de las dificultades de emprender en un país que aún no está listo para recibirlos. Cuantos peros, cuantos permisos, cuantos no, cuanta burocracia. Pero a pesar de todos esos “peros”, el Coto nos volvía a confirmar que cada pelea vale la pena cuando lo haces por aquello que amas. En su compañía pasamos días de entretención, asados, cervezas y conversaciones que nos motivaron aún más a seguir con los proyectos que tenemos en mente.

En el club conocimos también a Dylan. Gringo, músico y viajero con el que generamos una buena onda instantánea. Había terminado la secundaria en California y decidió viajar por Sudamérica indefinidamente. Había llegado hace menos de 15 días a Bahía Inglesa y creo que fue el destino el que coordinó nuestros itinerarios para conocernos. Dylan nos interrogó de cómo, cuanto y que hay que hacer para poder viajar como lo hacemos nosotros y creo que nuestra experiencia lo ayudó a derribar mitos y prejuicios. Estoy segura de que lo encontraremos nuevamente por ahí.

Luego de casi una semana disfrutando de las playas de Bahía Inglesa, nos despedimos de los nuevos amigos y nos fuimos a Copiapó, donde fuimos recibidos por casi 2 semanas en la casa de mis tíos y sus macacos (mis primos genios Joaquín, Gonzalo, Francisca y Javiera) con los que pasamos tardes derritiéndonos de calor y dando vueltas en la piscina.

El viaje es una enfermedad contagiosa y de alguna manera, los contagiados con el “síndrome viajero” somos capaces de encontrarnos de maneras increíbles. En Copiapó nos encontramos de casi milagro con uno. Teníamos que grabar una instalación de paneles solares que nuestro sponsor Tritec había instalado años atrás en una viña en el valle de San Antonio. En esa viña conocimos a Felipe, oceanógrafo y viajero de alma, se la pasó un año viajando y trabajando por Nueva Zelanda y el Sudeste Asiático. Nuestro encuentro también fue preciso. Le contamos como vamos financiando el viaje y su hermana había instalado un hotel hace poco en Copiapó y quería hacer un video… ¿Cuáles son las probabilidades? El hotel era hermoso y disfrutamos de rica comida y rico hospedaje en el Hotel El Bramador (www.hotelbramador.com).  El encuentro con Felipe nos regaló un nuevo amigo en la ruta, y al mismo tiempo, creemos que despertamos las ganas de seguir viajando que dormían dentro de él.

Cada día nuevo de viaje me convenzo más de que la vida nos va entregando oportunidades para poder cumplir este sueño y que solo depende de nosotros encontrarlas.

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