Vichuquén, la costa y Cauquenes

By Diciembre 14, 2015Bitácora de Viaje, Chile

En Molina compramos frutillas. Esa fue la primera evidencia de que volvíamos a la ruta. Después de unos días demagia en el Radal de las 7 tazas volvemos a la costa. Nuestra intención es llegar a Vichuquén ese “lugar aislado” (mapudungun) en medio de los bosques de la región del Maule. El camino de Molina a Vichuquén es sinuoso y tranquilo. Lo recorremos admirando las parras, los perales, los manzanos, los olivos que cruzan todo el valle.

Paramos en Licantén a almorzar y luego desde ahí decidimos subir directamente al lago. Subir, la kombi avanza lentamente luchando contra la gravedad. Cada bajada la tomamos rápido, agarrando el vuelo para volver a subir. No es que a la kombi le cueste solamente, el camino es pronunciado y muchos se han quedado en la mitad de la subida (nos cuentan después). Teníamos tantas ganas de quedarnos cerca del lago que cuando Consuelo nos invitó a su casa no dudamos en decir que si! Que gracias! Que vamos para allá!

Consuelo y su pololo Sebastián estaban pasando el “fin de semana largo” en la casa de veraneo de su familia. Nosotros nos dimos cuenta de que era fin de semana largo cuando ellos lo comentaron, los feriados se cuelan entre días normales, y para nosotros todos los días son libres.

Los chicos estaban con 4 amigos más, cada uno un viajero a su estilo. Unos habían recorrido el sudeste asiático mochileando, otros habían viajado siete veces a China por trabajo. Cada uno a su manera, se entusiasmaban hablando de sus propios viajes y es que juntarse con gente que tiene el bichito hace que todos los sentimientos de salir a explorar vuelvan a despertarse.

Conversando con los chicos comprendimos que uno nunca está muy conforme con su realidad, pero que son pocos los valientes que se atreven a hacer algo al respecto. La Consu y el Seba están planeando un viaje grande que les llena los ojos de emoción. Desde acá esperamos que les resulten todos los planes chicos!

Luego de una noche de tacos y cerveza y de una mañana tranquila y con ducha (gracias al universo por este invento glorioso) nos despedimos de los chicos y nos enfrentamos a un nuevo desafío. El camino a Lipimávida se anunciaba terrible con un cartel “solo 4×4” que nos discriminaba. Desde el inicio una subida de tierra suelta y desnivelada se reía en nuestra cara, como diciendo “ni lo sueñen”, vuelvan a las cuestas de asfalto”. Jupa y Amunche dijeron que no, que se la podían y comenzamos la subida por un camino de tierra suelto, en primera, lento y no tan seguros.

El camino subía y escalaba, yo iba tensa y en silencio, pidiendo que no fuera un escenario de “tanta” aventura. Ya nos había pasado en otras oportunidades que Amunche subía con poco vuelo y nos dejaba en la mitad de la subida como diciendo “no, hasta aquí llego, sigan ustedes sin mí”. Pero en esta oportunidad Amunche se sentía desafiada, ese cartel de “solo 4×4” había prendido en ella el deseo de llegar al otro lado, de subir y bajar ese cerro enorme y de ver el mar al otro lado.

Mientras avanzábamos, el camino nos ofrecía algunos mensajes que alivianaban la carga “la tortuga conoce mejor el camino que la liebre”, “el árbol es leña en invierno, sombra en verano”, “la salvia calma la sed de la copa a los pies” obligándonos a fijarnos en el bosque que abarcaba todo. Llegamos a la cima de ese pedacito de cordillera de la costa y comenzó el descenso.

Ahí nos esperaba el mar para continuar rumbo al sur.

En Duao paramos por un ceviche y continuamos hacia Iloca. Jupa no había estado nunca acá, yo conocí la línea costera post terremoto y tsunami del 2010. En ese momento, la gente vivía en campamentos en los cerros, de las casas en la costa solo quedaban los cimientos, los botes de los pescadores estaban hundidos en la bahía y todo estaba a media máquina, todo estaba a la mitad. 5 años después se siente como que todo volvió a la normalidad, se hicieron las paces con el mar.

Seguimos rumbo a Constitución. Cruzamos el río Mataquito, rodeado de praderas verdes con vacas, ovejas y caballos pastando libres a orillas del mar. Esa mezcla de campo y mar nos acompaña toda la ruta. El camino es hermoso. Dunas, ríos, lagunas, prados, bosques se alternan para hacer del paisaje un lugar para recorrer en paz.

Luego de unas horas, el Río Maule nos da la bienvenida y cruzamos el puente hacia Constitución. Recorremos la ciudad hasta llegar a la costanera. Ahí nos instalamos a comer y a disfrutar del paisaje. Un señor curioso se nos acercó a conversar y cuando le contamos que nuestro destino final era Punta Arenas, nos regaló la bandera Patagónica para que nos acompañara hasta su ciudad.

Disfrutamos de la tranquilidad frente al mar, de la gente pescando, de las aves en sus cuevas, del viento soplando hasta que nos dimos cuenta de que iba a llover y era mejor buscarnos un lugar más cómodo para recibir el agua. Nos instalamos en una bomba de bencina, donde podríamos acceder a baño durante la noche.

Anunciaban lluvias fuertes durante el día y nosotros teníamos muchas ganas de avanzar. Con la lluvia amenazando, continuamos el viaje al sur, a ratos con lluvia, a ratos con unas nubes pomposas que filtraban los rayos del sol. Ese momento me hace valorar los ciclos, la bendición de la lluvia, de la vida que trae esa agua.

Llegamos a Chanco, un pueblo que nos llama la atención por su cercanía a la Reserva Nacional Federico Albert. No entendemos como un pueblo puede estar tan cerca de una reserva. Vamos a averiguar. El guardaparque nos explica el por qué. En 1900 Chanco tenía frente a sí una serie de dunas que avanzaban sin tregua, comiéndose los campos y los predios hasta poner en peligro al mismo pueblo de Chanco. En esa época, con la necesidad de frenar el avance de las dunas, el gobierno de Chile trae a un botánico alemán experto en contención de dunas, Federico Albert. El Fede se encarga de crear un bosque de eucaliptus, albaricoques y otros árboles de raíces amplias para frenar naturalmente a la arena y hoy, ese bosque tiene más de 100 años y nadie pensaría que es algo creado por el hombre. La reserva nacional hoy protege a fauna como la perdiz chilena, garzas, lechuzas, pitios, zorros y coipos y es una evidencia viva de que hombre y naturaleza están hechos para trabajar en conjunto y no en contra, del poder creador, de la alianza que tanto hemos ido perdiendo.

Recorremos los senderos del parque en bicicleta, hasta que Jupa cortó su cadena y tuvimos que volver a repararla a la kombi. A mi me dolía la cabeza así que me quedé descansando con las puertas abiertas, con la vista al bosque, escuchando llover a ratos, en un parque enorme solo para nosotros. Jupa salió a buscar pajaritos, pero la lluvia los tenía a todos bien escondidos. Lo único que encontró en su exploración, fue a un cachorro galgo que se le lanzó sorpresivamente encima, dándole uno de los mayores sustos del viaje.

Esa noche es noche de partido, Chile – Perú a las 23.15. Le propongo a Jupa que busquemos un lugar en Chanco para verlo. Salimos a recorrer, pero no encontramos nada abierto, el único lugar posible es una botillería que puede que cierre o puede que no. Aún nos queda tiempo así que continuamos el viaje hacia el sur rumbo a Cauquenes, preguntando por redes sociales si alguien nos quiere recibir para compartir el partido esa noche.

Llegamos a las 20.30 a la casa de Mónica y Lionel, tíos del Felipe, el mismo que nos contactó con una familia hermosa en Idahue. Llegamos a una casa de campo hermosa y acogedora, con la cocina a leña prendida mientras afuera la lluvia no para.

Mónica nos recibe con cervezas y un pastel de papas exquisito. Convesamos del viaje, del sueño de Mónica de poder partir su propia aventura cuando sus hijos salgan de la universidad. Me encanta su historia. Emigraron de Santiago al campo para poder compartir más tiempo con sus hijos y pese a los riesgos o prejuicios de cambiar la capital por las posibilidades del campo, fue una decisión hermosa que les permitió ser parte de la vida de sus hijos de una manera que Santiago les prohibía.

Unos minutos antes de que comenzara el partido llegó Lionel a la casa y nos instalamos en el living. Papas fritas, piscola y vinos de la posada acompañaron los 90 minutos de partido. Afuera llueve muy fuerte y agradezco habernos encontrado con tan amable refugio.

Al día siguiente Mónica nos presta su lavadora de ropa, avanzamos en nuestros trabajos pendientes y cuidamos la casa y a Platón (un perro genial) mientras ambos salían a trabajar. Qué linda que es la confianza.

Esa tarde el sol brilló con fuerza y las nubes dieron un espectáculo inolvidable. De Cauquenes solo conocimos el campo de Lionel y Mónica, pero no necesitábamos conocer nada más. Nos despedimos agradecidos de haberlos encontrado, de ese partido que fue la excusa para conocer un estilo de vida sencillo, agradecido y presente.

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