Era sábado por la tarde. Habíamos instalado ambas kombis, una al lado de la otra, en el embarcadero de Villarica con la vista imponente del volcán de fondo. Habíamos llegado hace unas horas a la meta final de nuestro roadtrip y el cansancio nos pegó fuerte. Mitad dormidos, mitad despiertos nos encontró Roberto, el papá de Jupa que nos vio a lo lejos, las kombis inconfundibles. Nos presentamos y conversamos de la travesía recién terminada y de cómo cambiaban los planes para los próximos días.

Antes de partir el viaje sabíamos que pararíamos por largo tiempo en Villarica. El papá de Jupa vive acá y estos días serían para compartirlos junto a él, Claudia y Malu, la familia en Villarica. Ahora se agregaban Alline y Mika a la ecuación.

Decidimos pasar unos días juntos, recorrer los alrededores antes de que Kombito se los llevara definitivamente al sur, así que Claudia nos ayudó y nos consiguió un lugar donde poder estacionar y armar un campamento. Esa noche fuimos invitados en patota a comer chorrillana y no hay forma de explicar lo bien que sabe una chorrillana cuando se está de viaje. Nos pasamos la noche conversando, Roberto pudo practicar su francés con Mika y Alline y luego de unas horas nos despedimos con la promesa de volver a encontrarnos al día siguiente. La noche estaba fría y Amunche volvía a ser el bar perfecto para entrar en calor. Piscolas, cartas y planes para los días que vienen y ahí recién nos damos cuenta de que es la noche de Halloween y que al parecer, tendremos fiesta cerca.

Acostados y en silencio, los muebles, metales y vidrios de la kombi vibran al ritmo de los bajos de la música de turno. Logramos dormir solo por cansancio.

El domingo se siente como un domingo con caña. Despertamos de calor, pero con sueño, lerdos. Recorremos el centro casi cerrado, compramos provisiones para almorzar y luego de un pollo asado exquisito nos vamos al lago a pasar la tarde. Disfrutamos de esa tranquilidad, del agua como espejo, de la arena volcánica, gruesa y exfoliadora.

Al día siguiente nos vamos a recorrer el lago hacia Pucón. Gracias a Dios, es temporada baja aún y podemos estacionarnos tranquilos al lado de un bus enorme con patente argentina. Conocemos a Juan, uno de los dueños del Hostal Móvil, ese bus de los ochenta con 8 camas dentro que ya recorrió el sur de Argentina y va en dirección a Alaska recogiendo pasajeros con los que comparten los gastos del viaje. El sueño de Juan es enorme y le regalamos una guía que teníamos para que pueda avanzar con un poco de nuestro apoyo. Almorzamos en las kombis y continuamos hacia los puntos turísticos que Jupa y yo ya conocemos, pero que para Alline y Mika son nuevos. Vamos a los Ojos del Caburga, cerrado. Vamos al lago Caburga, cerrado por construcción de costanera. Vamos a las termas Los Pozones, esas que salen 3 lucas por persona. Doce. Doce lucas que no queremos gastar. Para dar vuelta el viaje frustrado nos instalamos afuera de las termas, en un estacionamiento con baño público que se transforma en nuestro hostal. Decidimos hacer lo que mejor hacemos juntos. Conversar, reírnos de los planes incompletos, de las frustraciones, de los aprendizajes que nos da la ruta como si fuera la vida en general. Decidimos aprovechar la distancia ganada y los chicos continúan el camino hacia Argentina. Cruzar al país vecino les permitirá volver más tiempo a Chile y así llegar sin apuros a Punta Arenas.

Cuando Mika y Alline volvieron a Villarica, partimos todos juntos al volcán con la idea de hacer un sendero hasta el mirador de los cráteres a tres kilómetros de la base. Caminamos bajo un sol pesado, cruzando escoriales y bosques tupidos, saludando lagartijas y avanzando sobre nieve blanda hasta llegar a un punto donde el lago Villarica y el Caburga parecían pequeñas lagunas a un lado y el volcán Villarica seguía siendo ese cráter gigante a la derecha.

De vuelta pasamos al lago a refrescarnos en un chapuzón corto pero entusiasta y nos fuimos a instalar al embarcadero con la sorpresa de que por coincidencia éramos siete “overlanders”, siete diferentes sueños, siete diferentes viajes que coincidieron el mismo día en el embarcadero de Villarica.

Esa noche era la despedida, los chicos partirían al sur a la mañana siguiente y nosotros nos iríamos a la casa del papá de Jupa, por lo que decidimos celebrar con comida. Preparamos cada ingrediente necesario para hacer tacos y compramos hielo, el ingrediente que hace una piscola, una verdadera piscola. Nos pasamos la noche comiendo y nuestra rutina glotona se interrumpe cuando aparece desde la oscuridad una mujer de 60 años más o menos, bajita, pelo rubio y piel rosada bajo un poncho grueso con zapatillas deportivas. Aparece con un gran “helloooo” y nos pregunta de donde somos, a donde vamos, y si es que puede compartir con nosotros la velada. Al cabo de un rato vuelve con una botella de vino blanco bajo el brazo, llenando todos los silencios con sus “bing, bang, boom” y comienza una de las conversaciones más entretenidas que hemos tenido en el viaje. Al cabo de un rato descubrimos que se llama Benedicte Riis, que tiene 58 años, que no es solo aventurera, sino que escritora y compositora musical (en su tarjeta de presentación se lee “adventurer, author, songwriter”), que navegó en velero desde África hasta Brasil, que en Río conoció a un ex piloto del que se enamoró y que juntos venían recorriendo América desde Alaska. Nos contó también que en Valparaíso le robaron todo y que gracias a ese robo llegó a pedir ayuda a la embajada danesa (es de Dinamarca) y que allá la invitaron a ser parte del Festival Internacional del Libro en Santiago, como agregada cultural representando a su país, y que por esa razón, su viaje se había atrasado un poco y coincidimos esa noche ahí, en el embarcadero.

La tía Andante, Benedicte, fue un pedazo de magia viajera que se bajó la botella de vino sola entre risa y conversa. Nos dejó invitados a los cuatro a asistir a un concierto, al que debíamos ir de etiqueta porque asistiría el alcalde a las ocho afuera de su van y que desde ahí partiríamos todos. Sin saber muy bien a qué se refería, le dijimos que sí, que iríamos, pero sin ropa formal, porque en realidad no tenemos nada que pueda ser definido como “ropa formal”.

El viaje al sur de los chicos podía esperar un día más.

Al día siguiente el calor era insoportable y nos fuimos temprano al lago. Nos bañamos a grititos por el agua fría y cuando logramos refrescarnos, volvimos al embarcadero, cada uno a trabajar en sus proyectos. Yo me puse a editar, Jupa y Mika a arreglar las kombis, Alline a escribir para su blog de viaje y todo lo demás es irrelevante hasta llegar a la hora del concierto.

Cuando dieron las 8 de la tarde, cerramos las kombis y partimos caminando al otro extremo del embarcadero donde estaba estacionada la van de Benedicte. Allá, nos recibió risueña y nos presentó su hogar y a su amor brasilero y en un mapa nos mostraron la ruta que habían realizado juntos. Luego, Benedicte sacó una mesa, un mantel, copas y vasos, un plato con quesos y palta para picotear, vino y su guitarra y nos sentamos alrededor para dar inicio a un concierto privado solo para nosotros cinco. Ahí, en medio del embarcadero, rodeados de gente caminando en otra sintonía, estábamos al centro de una burbuja mágica invisible.

Benedicte comenzó a tocar la guitarra y luego empezó a cantar. La música entró por todos los sentidos impulsada por lo surreal de la escena. No creo ser capaz de explicar cómo es que la música de Benedicte entró tan adentro y logró conmoverme tanto que en la tercera canción tenía que disimular las lágrimas. Logré disimularlas hasta mirar a Alline, evidentemente derretida por el momento y ahí nos quedamos en silencio escuchando canción tras canción, aplausos entremedio y agradecimientos en silencio por estar ahí. Agradeciendo por haber comprado la kombi y salir un día de mi casa. Por haber conocido a Juan, a David y a Georgina que nos recibieron en Antofagasta y que meses después recibieron a Alline y a Mika y nos presentaron. Agradeciendo irónicamente por el robo en Valparaíso, por el Festival del Libro, por haber coincidido una noche en el embarcadero de Villarica, y estar ahí todos juntos, tan metidos en la vida.

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